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A los separatistas no les gusta llamarse separatistas

Los separatistas catalanes de hoy no quieren llamarse 'separatistas' porque esa palabra los sitúa en el 'lado oscuro'.

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Cada tanto tenemos que volver al nombre de las cosas. Como decía Orwell en su ensayo "La política y el idioma inglés", de 1946, "si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento". Y en el lenguaje político, que es al que se refería el escritor, no es por casualidad que se usan unos términos y se dejan de usar otros. Ciertamente, el azar tiene poco que ver con el hecho de que el separatismo catalán de este tiempo no se llame a sí mismo separatismo. Tal palabra no saldrá de la boca ni de la pluma de ningún separatista. Pero no sólo eso: les molesta que los llamen así. Y, claro, uno se pregunta, no del todo inocentemente, por qué será. ¿Qué tendrá la palabra separatista para que los separatistas catalanes la hayan retirado de su vocabulario y quieran retirarla del vocabulario de los demás?

Días atrás, el periodista Matthew Bennett ponía un tuit que le había enviado un destacado partidario del separatismo catalán, a raíz de que él empleara el término proscrito. Decía así: "Mejor soberanistas o independentistas que separatistas (que viene de la época de Franco y otras glorias españolas)". Bennett lo comentaba de esta manera: "Ese afán secesionista por recomendarnos las palabras que es mejor usar". Desde el día en que vi ese tuit, yo estoy haciendo colección de las noticias que aparecen en la prensa extranjera sobre el "separatismo catalán". Esto es, que emplean sin ningún problema, y sin ningún problema franquista a sus espaldas, la denominación que el interlocutor de Bennett atribuía a Franco y a otras glorias.

No quiero aburrir con las piezas de mi colección, que además puede encontrar cualquiera. Búsquese, por ejemplo, en The New York Times, Die Zeit o The Economist y se hallarán decenas de casos en los que se escribe con toda naturalidad del separatismo o los separatistas catalanes. Porque el término separatista, naturalmente, no fue una invención del general Franco. Hasta tal punto no lo fue que los propios separatistas lo usaban antaño sin ningún rebozo.

He ahí, por poner una referencia célebre, la Assemblea Constituent del Separatisme Català, que se reunió en 1928 en La Habana, presidida por Francesc Macià. Allí se fundó el Partit Separatiste Revolucionari Català y allí se aprobó una Constitución Provisional de la República Catalana que, por cierto, excluía de la condición de catalanes a los habitantes de Cataluña que no hubieran nacido allí. Ahora que la nueva presidenta del parlamento catalán, Carme Forcadell, anuncia la recuperación de las Constituciones separatistas, será interesante ver qué hace con este precedente, que se proponía tratar como a extranjeros y negar los derechos políticos a los no nacidos en la tierra, entonces un 30 por ciento de la población.

Hay, sin duda, una parte de ignorancia en los que creen que el término separatismo sólo figuraba en el diccionario particular del dictador Franco. Al parecer, no pocos separatistas catalanes ignoran tanto de dónde vienen como adonde van. Pero la resistencia a que se les llame por su nombre tiene motivos que emparentan con los que denunciaba Orwell. Es la tinta de calamar. Es que separatista resulta claro y diáfano. Claro en la descripción del objetivo real y claro en el anticipo de las consecuencias: separar, desunir, dividir, escindir, romper, cortar, mutilar, expulsar, excluir. Los separatistas catalanes de hoy no quieren llamarse separatistas porque esa palabra los sitúa en el lado oscuro. Porque desmiente todo ese lenguaje de fiesta, de fiesta infantil con globos, chuches, abrazos y risas, que ablanda el propósito de ruptura y sus consecuencias. Independencia es un término cargado de buen rollo. La independencia une; el separatismo, obviamente, separa. No es por azar que los separatistas huyen de su propio nombre: es por explícito.

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