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Cristina Losada

Abrir puertas y tirar por la ventana

El PSOE se ha puesto la camiseta nacionalista para jugar en su campo y ahora lo de menos es si va a ganar el partido o no. Lo grave es su disposición a tirar nuestros muebles por la ventana

Cristina Losada
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El mensaje de ZP el otro día en el Congreso, condensado en la frase “si vivimos juntos, juntos debemos decidir”, fue de tal profundidad que no pudo ser captado, en todo su significado, a la primera. Cierto que Ibarreche le replicó con aquello, igualmente profundo, de “tenemos que poder decidir vivir juntos”, pero no parece descabellado pensar que habían intercambiado previamente algunas ideas para sus respectivos discursos. Conjetura abonada por la observación de que el lehendakari dormitaba mientras Rodríguez recitaba su salmodia sobre la alianza de las civilizaciones nacionalista y socialista.
 
Por la dificultad del mensaje, tuvieron que salir a esclarecerlo a posteriori, para instrucción de los simples mortales que no pasaríamos ningún test psicotécnico, los hagiógrafos del presidente y él mismo. Congruente con el tono doméstico de la gran frase, ZP ofreció su aclaración en la barra de un bar. Si los periodistas que le escucharon trasmitieron bien la lección, y no hay razones para dudarlo, la joya que brilla bajo la aparente tosquedad de su mensaje, es doble, o sea, que da para una pareja de pendientes, que sin embargo, no nos podremos poner hoy, sino mañana. Pues el suyo era un discurso cargado de futuro. En lo que también coincidió con Ibarreche, quien dijo aquello de que el futuro le pertenece. Sólo Rajoy era, según nos explicaron, el chico de ayer.
 
Hegel pensaba que el presente estaba preñado del futuro y ahora el quid del mensaje de Rodríguez es que el futuro no debe conservar nada del presente. Por eso, el mañana despuntaba alegre por su discurso de puertas abiertas, que anunció un tiempo nuevo, un nuevo proyecto, una realidad nueva. Con picos y palas querían los artistas italianos, los futuristas que saludaron el advenimiento de Mussolini, no dejar piedra sobre piedra de las antiguas ciudades. Y estos arrebolados de futuro quieren abrir puertas para que la corriente barra la antigua nación, la aún joven, pero para ellos ya inservible, como doncella ajada, Constitución. Pues nuestra unión, dijo el presidente, no es un tributo a la Historia ni un apego a una bandera. Debe de ser por eso que se falsifica la primera y se retira la segunda.
 
Como el presente todavía no es el futuro, el segundo plano, y nunca mejor dicho lo de plano, del discurso, tenía un sentido táctico: ganarle la mano al PNV en las elecciones vascas. Apelar al votante nacionalista moderado ofreciéndole una alternativa. Distinta, pero casi igual, igual, pero un poquito diferente. Esto le ha valido a ZP la consideración de jugador audaz y equilibrista hábil. Aunque también podría compararse al pequeño zorro del que habla el I Ching, ése que cuando casi ha consumado la travesía, hunde la cola en el agua, o sea, se cae al agua helada. Pero, ¿y si no sea cae? La cuestión, sin embargo, no es esa, sino otra. Se caiga o no, ya ha metido a la nación en la travesía. Ya camina con el rumbo que imprimen las minorías nacionalistas. Ya ha legitimado sus aspiraciones soberanistas. Y ya ha aceptado, de facto, el pago de un precio por la paz. El PSOE se ha puesto la camiseta nacionalista para jugar en su campo y ahora lo de menos es si va a ganar el partido o no. Lo grave es su disposición a tirar nuestros muebles por la ventana.

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