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Cristina Losada

Acusadores acusados

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Cuando Julio Alonso, vicepatrón de la cofradía de pescadores San Francisco de Vigo, denunció que la plataforma Nunca Máis no daba un céntimo a los damnificados por el vertido del Prestige, dijo tambien: “son una panda de intelectuales que explota la buena fe de la gente para lucrarse”. Algo parecido a la definición de “progre” que conocemos por Federico Jiménez Losantos: un ser con ansia inmoderada de riquezas. Los de Nunca Máis son los santones de la progresía gallega, en general adepta o afecta al nacionalismo, y naturalmente donde hay progresía, hay Polanco. La cara más conocida de la plataforma es Manuel Rivas, lucrativa marca de la factoría polanquil, primerísima productora de progres –pescados en alta mar o criados en granjas– desde hace muchos años.

Para Alonso, que va por libre –nadie del PP se hubiera atrevido a tal claridad expresiva–, y para otros marineros, ha debido ser irritante que unos señoritos de ciudad como los de Nunca Máis movilicen a la gente en su nombre y monten bufonadas acerca de un problema que para los pescadores no es esencialmente político ni se resuelve con dimisiones, como para la plataforma. Se trata de su medio de vida y lo que les importa es limpiar y recuperar. Y las frivolizaciones molestan, del mismo modo que perjudican las tergiversaciones. Como dijo también Alonso, están dando una imagen “tercermundista y falsa” sobre lo que acontece. Lo cual ya ha repercutido en la venta de productos del mar y en el turismo.

Ciertamente, los que acusaron al Gobierno de querer ocultar la catástrofe lograron darle la vuelta a la tortilla. Tanto, que fuimos a parar al otro extremo. Algunos gallegos difícilmente olvidaremos el comportamiento “irresponsable”, por decirlo suavemente, al modo del alcalde de Finisterre, de medios privados como la Ser, Telecinco, y Localia, de algunos periódicos gallegos, que clama al cielo, y lo que parece más insólito, de los medios públicos. Puede que éstos recibieran la consigna de no hablar de marea negra durante los primeros días, pero RNE y TVE han sido con increíble asiduidad Radio Nunca Máis y Teletonta o viceversa. Hasta la TVG ha anunciado con reverencia las convocatorias de la plataforma, lo que no libró de intentos de agresión a algunos de sus equipos.

Y ahora, para recuperar la imagen de Galicia, que entre todos –incluido el Gobierno por su torpeza informativa– han metido hasta las cejas en chapapote, vamos a gastarnos unos milloncejos de euros que les van a venir muy bien a cadenas privadas, públicas y demás. Mire usted por donde, vamos a pagar entre todos los desmadres y las ineptitudes de ciertos políticos, intelectuales –por llamarles de alguna manera– y medios de comunicación, por llamarles algo también. Negocio redondo, que es lo que le gusta a la panda. Con una mano te lo ensucio y con la otra te cobro por presentarlo limpio.

Pero Alonso se equivoca si piensa que los de Nunca Máis van a meterse en el bolsillo el dinero que recauden. No les hace falta esa calderilla. No son perceberos ni rederas ni trabajan en las lonjas, y sus ingresos suelen estar bien garantizados. No pocos viven, por una u otra vía, del dinero público. Pues gran parte de la élite de la cultura en gallego sobrevive, parece que confortablemente, gracias al empleo público y al apoyo económico que se le da desde el poder. La industria del libro en gallego se mantiene por las muletas financieras que le pone la Xunta, la TVG es fuente de ingresos para innúmeros individuos del mundo de la cultura –siempre en gallego, la otra no se apoya–, la enseñanza ídem; y así sucesivamente. No es extraño que esta gente se apiñe al grito de “más estado”, incluso los que en petit comité dicen que son anarquistas. No a la hora de poner el cazo.

Unas personas que no rompen sus contratos con una televisión que, según ellas, miente abominablemente y que no se niegan a recibir dinero de manos de los “fascistas” que, según ellas, rigen Galicia y la llevan a la ruina, no están en condiciones de darle lecciones de moral a nadie. Y así han acabado por pasar de acusadoras a acusadas. Lo mismo que le ha pasado al PSOE. Se empeñó en achacar los innegables errores del gobierno a una falta de honradez, a una voluntad de ocultar y de mentir. Fue el gran argumento de Zapatero en el Congreso: como negaron la marea negra, negaron los medios para combatirla, como quisieron ocultar el desastre, se llevaron lejos el petrolero. Argumento infantil, cuya validez trataron de demostrar los dirigentes socialistas recurriendo a la mentira, convencidos, como buenos nietos del leninismo, de que el fin –siempre el poder– justifica los medios.

Aún después de que se descubriera la falsificación del documento que blandió Caldera para llamar mentiroso a Rajoy, ha seguido Zapatero dando lecciones de moral, advirtiendo que “lo que el Gobierno le debe a los gallegos no se compra” y aconsejando a Aznar una especie de peregrinaje de penitencia. En la convicción de su superioridad moral son iguales los socialistas y los de Nunca Máis, y en el sectarismo por ahí andan, aunque los pro-nacionalistas son más crudos de expresión y no se cortan en llamar fascista , en satanizar, a todo el que esté contra ellos.

Está claro que cualquiera tiene derecho a organizar una protesta y a pedir la dimisión de cuantos gobiernos le parezca, pero también lo está que desde el momento en que niegan la existencia de democracia y de libertades en Galicia bajo el PP y llaman sumiso, servil o tonto a un pueblo porque vota mayoritariamente a ese partido, estos intelectuales, o lo que sean, de Nunca máis están alimentando un clima de enfrentamiento y abonando el surgimiento de violencia. En este panorama, gestos torpes como el de Aznar al coartar las posibilidades de la comisión de investigación del parlamento gallego, aunque sea con la ley en la mano, y gestos airados como la retirada del BNG y del PSOE de esa comisión, rematan el estropicio. Claro que buscar el resquebrajamiento está en el ser del BNG, mientras que los socialistas se apuntan al bombardeo por la ceguera que causa el ansia inmoderada de poder.

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