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Cristina Losada

¿Allí seis? Pues aquí tres

Más legislación, más coerción, más subvención y más madera es el programa con el que la grey nacionalista afronta el fracaso de veintitantos años de imposición. La gente no pasa por el aro.

Cristina Losada
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Por fin, hemos encontrado un indicador en el que Gallaecia iguala a Cataluña. No se trata del PIB, ni de la renta, ni de privilegios financieros. Tampoco, aunque en eso vamos convergiendo, de la habilidad para echar fuera a las empresas de que ya hiciera gala el Tripartito I. Aquello en lo que los gallegos nos acercamos, cuando no superamos, a los catalanes es en la consideración que nos merecen los mitos de la tribu. Y en particular, el que sustenta el frágil edificio de la identidad colectiva. Se trata, en definitiva, de que si en Lérida son seis, en Vigo son tres. Pues de momento y por fortuna, no tendremos Estatutiño, pero no íbamos a ser menos. Es decir, más. Más indiferentes todavía. Se han consagrado a la conservación de la lengua vernácula ingentes recursos y su sacralización ha justificado mermas de la libertad. Pero no han podido ser éstas absolutas, y ha pasado lo que pasa. Que la gente se escabulle, y en Filología Gallega no se matricula ni el Tato.

Ni siquiera el Tato nacionalista. Cuando de su futuro profesional se trata, no creen en los puestos de trabajo que se derivan de la obligatoria "normalización", ni los que juran sobre la Biblia de Castelao. Las menguadas cifras cantan que también los que proclaman su pasión ferviente y excluyente por el gallego, se escaquean de estudiarlo a fondo. De lo contrario, no se explicaría que en la Universidad viguesa haya sólo tres y que en la compostelana saliera en 2005 la ridiculez de 37 titulados en las entretelas de la "lengua propia". Total, que se tiene a los nacionalistas por fanáticos, pero va a resultar que no lo son tanto. A la hora de sacrificarse por la nazón nos salen parcos. Aunque no cejan en exigirle al prójimo que haga las ofrendas debidas y se inflija el daño. Y es que eso de erradicar el español de la enseñanza, como van consiguiendo paso a paso, reduce las oportunidades de quienes más las necesitan, pero las ilustres familias galleguistas o las nuevas, menos lustrosas, de los parvenus que ascendieron por la escala de la autonomía siempre pueden enviar a sus hijos a completar estudios allende la patria.

Ya lo decían los maestros gallegos, en 1894, en un Congreso de Pedagogía. Querían aquellos profesores extender la enseñanza del español y, ajenos a que un siglo después podrían ser tildados de traidores a la patria, consideraban que la lengua vernácula "no servía para nada que no fuesen las inspiraciones poéticas de unas personas acomodadas de la ciudad que hablaban español". Pues como para desmentir una vez más la doctrina historicista del progreso lineal, ha hablado la Asociación Profesional de Pedagogos de Galicia. Lo ha hecho para respaldar al gobierno en su decisión de imponer por decreto que se enseñe a todos los niños a leer y a escribir primero en gallego. Según estos profesionales, eso es lo que se hace cuando un niño llega a "un país nuevo". ¿Será el "país novo" de Quintana? ¿Será Galicia el extranjero?

Si todavía no lo es, no será por falta de empeño. Más legislación, más coerción, más subvención y más madera es el programa con el que la grey nacionalista afronta el fracaso de veintitantos años de imposición. La gente no pasa por el aro. Ni los nacionalistas dan ejemplo, ya que dejan las aulas filológicas, tristes y solas, como Fonseca. Y cómo no van a apuntarse más estudiantes a Enfermería viendo el subidón de un portador de camillas a la vicepresidencia.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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