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Cristina Losada

Almas gemelas

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Cuando se escriba la  historia de los tres días que decidieron el resultado de las elecciones del 2004, se tendrá que estudiar la influencia de los medios de comunicación. El análisis del vuelco electoral no estará completo sin el factor mediático, decisivo para entender la formación y los cambios de la opinión pública. Y no podrá hacerse tal análisis sin tener en cuenta  la infatigable labor del grupo mediático dominante contra el gobierno de José María Aznar.  Al margen de la valoración moral que merezca, hay que reconocer el esfuerzo: sin la larga marcha de Prisa contra Aznar,  la conmoción y la confusión creadas por la matanza del 11-M,  no le habrían dado tan limpiamente la vuelta a la tortilla.
 
Sobre el alcance del poder de Prisa existen opiniones variadas. Los dirigentes del PP solían quitarle importancia a  la influencia del grupo de Polanco, a la vez que, paradójicamente,  trataban de contentarlo. Los espadachines del grupo gustan de presentarse como “minoritarios” y “perseguidos”,  cosa que desmienten las memorias anuales de la propia  empresa, en las que subraya su condición de líder indiscutido del mercado de medios en España.  El País, que es una de sus nueve unidades de negocio, pero representa el 25 por ciento de las ventas del grupo,  tiene una cuota de mercado del 30 por ciento. Y su cadena de radio, esa que, según José Blanco, tanto hizo “para responder al grito unánime de la mayoría de los ciudadanos que se preguntaban quién ha sido” – ¡y pensábamos que era la policía la que investigaba!-  dispone de un poder de emisión, y en parte por ello,  de una audiencia,  muy superior a sus rivales privadas.
 
Los que con más escepticismo sacuden la cabeza cuando se habla  del poder de Prisa no suelen poner,  en cambio, tantos  peros para reconocer que Berlusconi puede manipular a gusto la opinión en Italia, o  que en Austria un grupo mediático, Mediaprint, y su periódico insignia, Die Kronenzeitung, fueron decisivos para el ascenso electoral del partido de Jörg Haider, el FPÖ, en 1999. El periódico, que vende a diario tres millones de ejemplares, y copa el 43 por ciento del mercado, preparó el terreno para que triunfara el discurso populista de derechas,  y con resabios antisemitas y  xenófobos de Haider, cuya última hazaña, por cierto,  fue visitar a Sadam Husein para animarle poco antes de la guerra.
 
El tabloide austriaco ya era, antes de promocionar a Haider, el muñidor de los gobiernos de la nación, cocinados con  socialdemócratas y demócrata-cristianos. “Die Kronenzeitung gobierna el país, contra Die Kronenzeitung no se puede gobernar en Austria. Toda la clase política austriaca se inclina ante Hans Dichand (el propietario), porque el mayor anhelo de un político en Austria es que Die Kronenzeitung le trate bien”, escribe Armin Thurnher, redactor jefe del semanario vienés Falter.  Algo parecido dijo el fallecido canciller Bruno Kreisky: “Nadie puede gobernar sin contar con  Die Kronenzeitung”. 
 
Sustitúyase el nombre alemán por el del grupo español, y las frases son  perfectamente aplicables a nuestro caso. Como esta otra, de Thurnher: que para muchos de sus conciudadanos, el periódico de marras constituye  “una  religión de recambio”. Pese a las diferencias ideológicas, el grupo de Polanco y el de Dichand comparten el dudoso honor de ser los poderes en la sombra de dos democracias. Uno favorece a los socialistas, el otro se inclina últimamente por el populismo derechista. Sus designios tácticos pueden variar. Su voluntad de poder, no. En ello,  y en su vocación de pastorear el rebaño de la opinión para acrecer aquel, los dos son almas gemelas.

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