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Cristina Losada

Aprender de los vascos

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Me hice fan del grupo ¡Basta Ya! el mes de mayo pasado. Por casualidad asistí a la inauguración de la última Feria del Libro de Compostela, patrocinada tanto por el Ayuntamiento, entonces en manos del dúo PSOE-BNG, como por el gobierno autónomo del PP. La ceremonia le hacía retrotraerse a uno a los tiempos de los coros y danzas, sólo que ahora se hablaba en gallego –de laboratorio– y al menos la mitad de los que allí se aldeanizaban al son de la gaita  se consideraban de izquierdas.
 
Los libros que se ofrecían a la vista armonizaban con el ritual: la mayoría era fruto de la  aportación que la Xunta de Galicia hace al mundillo editorial en gallego, el cual hubiera quebrado hace tiempo sin esa generosidad  de la derecha, que, por supuesto, no despierta gratitud. Rodeada por el almíbar lacrimógeno  en que suele degenerar la liturgia galleguista, busqué una tabla de salvación y la encontré. Era el libro: ¡Basta Ya! Contra el nacionalismo obligatorio (Aguilar, 2003), que milagrosa, casi subversivamente, ofrecía una librería. Lo compré y me puse a leerlo enseguida. Fue un acto instintivo de autodefensa. Y el libro era, es, extraordinario.
           
Este sábado, 13 de diciembre, ¡Basta Ya! celebra  una manifestación contra el Plan Ibarretxe bajo el lema “Con violencia no es plan sino chantaje. Estatuto y Constitución”. Algunos no podemos ir a San Sebastián, pero sabemos que con ese acto, como con otros que organizan corriendo graves riesgos los constitucionalistas vascos, se están defendiendo las libertades y los derechos de todos los ciudadanos españoles. Aunque algunos no se quieran enterar y otros no se hayan enterado todavía.
 
Cierto que para la mayoría de los españoles el terrorismo es el problema número uno de nuestra democracia, pero no son tantos los que comprenden o aceptan  que el combate contra él debe ir más allá de la condena de los métodos criminales, y extenderse, como dice ¡Basta Ya!, a su ideología y  sus fines políticos, es decir, al nacionalismo totalitario: a quienes tratan de imponer su ideología y excluir a todas las demás a través de un dominio absoluto de las actividades sociales. Y las fuerzas que empujan en esa dirección totalitaria no sólo están en Euskadi. En Cataluña hace tiempo que tomaron el poder y en Galicia van ocupando parcelas bajo el paternal regionalismo de Fraga.
 
De la larga y terrible experiencia de los vascos, el resto tenemos mucho que aprender.  Primero, lo bueno: el valor y el heroísmo de tantas personas, que nos recuerdan que hay momentos en que “todo el que quiera defender su libertad, tendrá que luchar por ella” (José María Muguruza); y el esfuerzo intelectual  que nos ha brindado un corpus analítico y argumentativo para hacer frente a la ofensiva de los nacionalismos excluyentes en cualquier parte.
           
Pero también hay que aprender de lo malo: de los vascos que durante muchos años han apartado la vista y han dado su plácet a lo que hacía, y  a lo que dejaba de hacer, el nacionalismo gobernante.  Cuando está en juego la libertad,  la ceguera voluntaria, la indiferencia y la comodidad no retrasan el camino hacia el infierno sino que le sirven de empedrado. Se les reprocha a los de ¡Basta Ya!, especialmente desde las filas del supuesto progresismo, que provocan la confrontación. Como si la confrontación ideológica y política no fuera consustancial a la democracia.  Y como si la cesión de parcelas de poder al nacionalismo pudiera moderarle el apetito. Al revés.
 
¡Basta Ya! encarna el paso de la resistencia a la defensa activa. Al contrario que los nacionalistas, no se proponen eliminar al contrincante, sino desarmarlo. Sus fans del resto de España admiramos su clarividencia y su valentía y debemos tomar nota: si no queremos perder libertad, hemos de decir ¡Basta Ya! cuanto antes.
 

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