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Cristina Losada

Así es la Rosa

El exceso verbal de Díez corona un triste episodio que muestra cuán fácil es el contagio. Ni siquiera un partido recién nacido escapa a los males que aquejan a los antiguos, y eso que se fundó con el propósito de regenerar la democracia.

Cristina Losada
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Perpleja me dejaron, días atrás, unas líneas que Rosa Díez plasmó en un chat realizado en el diario La Razón. Explicaba allí los motivos por los que había llamado "batasunos" a los miembros de su partido que presentaron una candidatura alternativa en el primer Congreso. La acusación, desde luego, era gravísima. Batasuna es indisociable del terrorismo. ¿Qué actos de violencia extrema habían cometido los militantes revoltosos? "Son comportamientos batasunos", escribía Díez, "los de aquellos que creen que si amenazan con bronca o chantaje se les permitirá que se salten las normas". Inquietante. Con tal definición, meteríamos en el mismo saco proetarra a quien le monta un cirio a un guardia de tráfico para que no le ponga una multa.

De las palabras de Díez se infería que las normas contra las que se rebelaron los facciosos eran las fijadas para el Congreso de su partido. A un observador puede parecerle poca cosa, pero cuestionar esos reglamentos constituye el peor de los atentados posibles a ojos del aparato partidario. En cuanto al chantaje, habría consistido en que los taimados "batasunos" ofrecieron deponer las armas si les daban unos puestos en la candidatura oficial, extremo que desmintieron los aludidos. En cualquier caso, un incidente que debería ser habitual en un partido, como un desacuerdo sobre las reglas internas, lo presentaba la líder de UPyD cual si fuera un acto filoterrorista, una coacción similar a las que ejercen Otegui y compañía desde la connivencia con los que matan. Caramba.

El exceso verbal de Díez corona un triste episodio que muestra cuán fácil es el contagio. Ni siquiera un partido recién nacido escapa a los males que aquejan a los antiguos, y eso que se fundó con el propósito de regenerar la democracia. Una barrunta, desde hace tiempo, que la democracia interna es incompatible con nuestros partidos y el concepto mismo, un oxímoron. Figura en la Carta Magna, pero habrá que incluir ese precepto en la lista de los principios constitucionales que se incumplen. Y es que las condiciones objetivas, como antaño se decía, no favorecen la virtud, sino el vicio. No tenemos una partitocracia por casualidad, sino por obra del sistema electoral y lacras parejas. Dejar el funcionamiento democrático de los partidos en manos de la buena voluntad de sus dirigentes es no conocer la humana naturaleza.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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