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Cristina Losada

Atraco a las nueve

Creo que nada incentiva más la reincidencia que la certeza de que en el juzgado la puerta de salida estará abierta, pero, ay, me falta esa visión social del progresista que me haría aceptar, con deportividad, que me roben.

Cristina Losada
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El domingo de Pascua me hallaba en la cocina ante una tetera llena y El fuste torcido de la humanidad de Isaiah Berlin. Leía la cita de Kant que da título a la obra: "De madera tan torcida como de la que está hecho el hombre, no se puede hacer nada completamente recto". No había nadie más en casa y me sorprendió un ruido en la sala. Me levanté a ver y allí estaba el tal fuste en persona. Estaba en forma de un individuo que se iba con mi bolso hacia el ventanal abierto. Cegada por ese instinto tan poco social, que impulsa a defender lo que es de uno, me lancé hacia él, pero logró zafarse. Aún traté de arrancarle el botín mientras se descolgaba. Tuvo, eso sí,  que saltar al vacío, pero se pudo marchar calle abajo mientras yo clamaba en el desierto de la mañana festiva.

La policía nacional fue atenta, diligente, ejemplar y persistente. Me mostraron fotos y reconocí al presunto. Era un reincidente de  delitos menores, de los que, como se dice popularmente, entran en el juzgado por una puerta y salen por otra. Justo ese día analizaba la prensa un proyecto del Ministerio del Interior para hacer frente a la "multirreincidencia". Y así, en ausencia de mi cartera y en posesión de varios cardenales, leí el dictamen del experto. Aseguraba que las penas por robo en casa habitada ya son muy altas y que no existe ningún indicio de que elevarlas genere efectos disuasorios. La propuesta del ministro, insistía, no encuentra respaldo en los datos. Bien, vale. Bajémoslas entonces. Suprimámoslas, incluso. Puesto que el crimen persistirá de todas formas, ahorrémonos el coste de perseguirlo, y que sea lo que Hobbes quiera.

Tengo para mí que nada incentiva más la reincidencia que la certeza de que en el juzgado la puerta de salida estará abierta, pero, ay, me falta  la visión social del progresista. La que sostiene que el delincuente es una víctima de la sociedad y que a la sociedad le toca apechugar con sus torcidos productos. Yo debo de aceptar deportivamente que me roben, igual que contribuir con mis impuestos al cercano centro que atiende a nuestros yonquis, pues Dios los cría y los ayuntamientos los juntan. No vamos a endurecer las penas sólo para dar una –falsa– sensación de seguridad al ciudadano y satisfacer a las víctimas de delitos que, oiga, no son para tanto. Cuidadito con conculcar derechos y libertades, que diría la otra Soraya. Que cada cual asuma su prima de riesgo y con mucho espíritu solidario.

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