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Cristina Losada

Balance sin balanza

El “fenómeno Zapatero” revistió los rasgos propios de una burbuja: exceso de confianza, miopía del desastre y, al fondo, esa presión del rebaño que convierte en locos a quienes se resisten a la corriente.

Cristina Losada
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Uno de los problemas menores de esta muerte a plazos de un presidente es la reiteración del obituario. Problemática, desde luego, para el comentarista, que soporta mal ese repetirse, tan inevitable. Todo está dicho. La obra y el personaje, la psicología y la política y, naturalmente, el legado. Pero siempre queda algo por decir. Y no faltan sugerencias. Así, venía que ni pintado un término que arrojaba el candidato socialista contra aquellos que habrán de vérselas con la herencia, que es también la suya. Rubalcaba ha hablado de desguace. Lo hizo en el contexto de un cuento para niños y bien podemos saltarnos la sesión. Vayamos al museo. Si el legado de Zapatero, o sea, la España que deja, fuera un cuadro, yo elegiría un óleo de Turner que muestra al viejo navío El Temerario, velas replegadas, marchando a remolque hacia el desguace en un crepúsculo brumoso. Lo elegiría, en fin, si no tuviéramos empacho de metáforas náuticas.

El ocaso de Zapatero es, quizá, digno de estudio, pero no tanto como su cenit. Respecto a su final, basta consignar que no tiene quien le escriba. Parece que a los presidentes les preocupa qué dirá la historia de ellos. Los hubo que cortejaron a los intelectuales, caso de Kennedy, sabedores de que eran los de esa especie quienes indicarían a la posteridad qué debía de pensar sobre su presidencia. Pero había intelectuales. Zapatero se las arregló con la farándula. Y no da la impresión de que Ana, Víctor y Joaquín vayan a cantarle otra balada. Ni en la despedida. Ni una nana. Hasta la prensa gubernamental, dividida ella, se une en el abandono. La cuestión no es qué dirá la historia, sino si tendrá a bien decir algo. Pero el desenlace ya es materia inerte. Y la pregunta que conviene hacerse es cómo fue posible todo esto. Que es la pregunta sobre las salvaguardias de que dispone un sistema político para impedir su desguace.

Qué temeraria fue España cuando eligió a un perfecto representante de su medianía y de su temeridad, valga la redundancia. Y una temeridad que, en paradoja aparente, nacería del tembleque. Luego, el "fenómeno Zapatero" revistió los rasgos propios de una burbuja: exceso de confianza, miopía del desastre y, al fondo, esa presión del rebaño que convierte en locos a quienes se resisten a la corriente. Puede que España tuviera que pasar por la adolescencia, coqueteos con el suicidio incluidos. Puede. Pero queda por ver si la ha dejado atrás.

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