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Cristina Losada

Barra libre

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Para mí, Carmen Alborch, una de las cinco mujeres -¡cinco en trece años!- a las que el PSOE puso de ministras cuando aún no usaba de anzuelo la cuota femenina, representa el toque erótico-festivo que los socialistas dieron a su etapa de gobierno. Días atrás pesqué una entrevista con ella en Localia. Preguntada sobre la razón de que se acabara "el entusiasmo" que sazonó aquella época memorable, adujo el cansancio -de los animadores del sarao- y la sombra que ha arrojado el PP. Demostración de la naturaleza aguafiestas de la derecha: "Aznar dijo que un país no tenía que ser simpático". Eso es muy grave, claro. Porque la función de un gobernante, Alborch dixit, es sacar lo mejor de nosotros. Y ya se sabe que la alegría nos mejora bastante. Ay, esos ecos joseantonianos.
 
Los socialistas siempre han prometido fiesta. Su mensaje se ha dirigido más al homo ludens que al homo faber, y ha llegado al corazón de quienes prefieren el ocio al negocio y aman la subvención bajo todas sus formas. A esa plaga moderna que son los que se quejan de su monótona vida en trabajos "no creativos" -pero que no abandonan-, los socialistas les han ofrecido diversión y evasión. Y ello en contraste con una derecha que pintan aburrida, además de represiva. Han jugado a ser el tío superguay que deja que los niños hagan lo que les da la gana, frente al padre responsable y autoritario.
 
Su nuevo programa electoral, en consonancia con ese espíritu frívolo y verbenero, es del tipo barra libre. Hay para todos los gustos: un ordenador por cada dos alumnos, una agencia pública de alquileres, bilingüismo que será trilingüismo, esperas reducidas en sanidad, matrimonios homosexuales, protección especial para las mujeres, nuevos ministerios, y decenas de regalos más. Oportuno es que lo hayan presentado por Navidad. Eso sí, como ocurre en muchas juergas, no se sabe cuánto habrá que pagar ni quién tendrá que hacerlo. Es una fiesta en la no hay que abonar entrada y que le tocará apoquinar al que venga después. El tío guay es un manirroto que no paga las cuentas.
 
Hace ocho años los españoles decidieron que, como nación, ya no estaban para fiestas. Hace cuatro refrendaron que el jolgorio, cada uno en su casa, pero que en el Estado hacía falta seriedad. No les importó que el gobernante fuera o dejara de ser antipático. ¡Qué palo para los que quedaron colgados de aquel Madrid de Tierno donde no salía el sol, de aquella España de las movidas y los eventos fastuosos, del derroche y el dinero fácil! Qué palo para los que dejaron de recibir el maná. Los socialistas prometen que volverá a caer del cielo, como en aquella Edad de Oro que Alborch y otras viejas glorias no saben cómo ni por qué acabó. Sólo saben quién: el del bigote, y es lo que más les duele, que un tipo como él les ganara la partida.

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