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Cristina Losada

Bastaba un pequeño pacto...

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Desde que la ETA anunció una tregua en Cataluña, no han cesado los comentarios en los que se rebaja a torpeza el inmoral pacto de Perpiñán, se lamenta la publicidad que ha tenido la oferta de los pistoleros y se dignifica el precio (de ganga) que ha pagado el ex consejero por su “error”. Babia, hermosa región, nunca ha estado tan poblada. Ni ha habido tampoco tantos que con la rama de olivo en el pico y el plumaje de las buenas intenciones, muestren mayor disposición a ceder al chantaje de los asesinos, que eso es, hablando en plata, el mal llamado diálogo. Empezando por el propio Carod, quien da por remunerado su sacrificio si sirve para salvar “una sola vida humana”, cuando es obvio que le sirve para mucho más: rentabilizar su rol de intermediario con la banda, y avanzar en la empresa, a ambos común, de descuartizar España.
 
En las primeras elecciones en las que los terroristas no están directamente presentes a través de su brazo político, han dejado bien claro cuál es su opción y cuál debe ser la nuestra si queremos sustraernos a su violencia: consolidar el “empuje” de “las fuerzas independentistas”. Carod, su mensajero, ha dicho ante un grupo de empresarios: “Parece que no nos queremos dar cuenta de que ahora se abren perspectivas para acabar con el terrorismo”. Él las conoce bien: forma parte de ellas. El ascenso de su partido al gobierno catalán ha abierto la puerta por la que ETA ha logrado meter un regalo envenenado: una tregua en Cataluña con la promesa implícita de mayores obsequios, si el separatismo va escalando posiciones allí y más allá.
 
Ese “regalo” es tanto el síntoma de su debilidad, como el vehículo para recuperar fortaleza. ¿Cómo? Reblandeciendo el flanco más débil del adversario. Ofreciendo una prenda tangible a los que siempre han pedido una negociación que camuflan de diálogo. A los que vieron y aún ven en el PNV al mediador que va a encarrilar la solución del “conflicto” (cuando su poder se basa en que no decaiga) y a los que celebran que se haya abierto en Cataluña una sucursal comme il faut, con respaldo socialista incluido, del mismo negocio. Actividad: concertar las tarifas de protección con la mafia.
 
La sociedad española entera, y no sólo la catalana, afronta uno de los exámenes más difíciles desde el fin de la dictadura: el examen de su madurez democrática y su solidez ética. La tentación de ceder al chantaje será más fuerte que nunca por la simultaneidad de presiones en pro de la claudicación. Unos la aconsejan porque coinciden con ETA en los fines. Otros la apoyan porque no les importa coincidir con los que coinciden en el camino a su particular meta. Y algunos la aceptarían, porque quieren vivir tranquilos y están dispuestos a pagar la protección. Tal vez no han calibrado bien el precio.
 
“Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores”, escribe Sebastian Haffner, en Historia de un alemán, sobre los primeros tiempos del nazismo. Muchos hicieron aquel pequeño pacto, que a veces sólo consistía en mirar para otro lado. Poca cosa, para la que no hizo falta una visita de Mefistófeles entre vapores de azufre. Bastó el deseo de vivir en paz y seguir como si nada.
 
¿Cuántas almas habrá aquí dispuestas al trato? Nos haremos una idea en las manifestaciones de blanqueo y confusión que se preparan en Barcelona y en las elecciones. Por lo pronto, Juan José Ibarreche las ha querido tranquilizar. “Los problemas se solucionan dialogando y para ello hay que hablar hasta con el diablo, pero diferenciando de la negociación política”, ha dicho. Mentira. El diablo nunca habla por hablar, y menos cuando se le ha llamado.

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