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Cristina Losada

Bono y el patriotismo farsante

Confieso mi repugnancia por la charlatanería populista y más si se adereza con modales untuosos. Antes que el patriotismo farsante prefiero a un separatista. Al menos, sabe uno a qué atenerse.

Cristina Losada
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Nunca se lamentará demasiado que haya recaído en José Bono el papel que con tanto éxito desempeña. Ese rol, que él se ha atribuido, de único dirigente socialista que está dispuesto a defender la unidad de España sin ambages. Le escuché durante una entrevista en Veo 7, aunque sólo brevemente. Confieso mi repugnancia por la charlatanería populista y más si se adereza con modales untuosos. Antes que el patriotismo farsante prefiero a un separatista. Al menos, sabe uno a qué atenerse. La honradez intelectual y la honradez a secas son condiciones para suscitar respeto, sea a la persona, sea a las ideas. Pobre defensa se hace de la Nación desde una impostura que se vela con palabrería fraudulenta.

El presidente del Congreso, sin embargo, no logró ocultar por completo que, aun envuelto en la bandera, padece el síndrome que aqueja a todo progre que se precie. Así, declaró en la entrevista que "lo progresista hoy es defender la unidad de España", lo cual significa que ayer no lo fue y mañana quizá no lo sea. Pero, antes, el nihil obstat. Pues se diría que, para Bono, la nación española sólo se legitima si se le puede poner el sello de "progresista" en el lomo. Absurdo etiquetaje destinado a pasar de macuto una idea que se tiene por poco presentable. Díganos Bono qué haría en el caso de que la unidad de España fuera "reaccionaria". O, mejor, ¿qué se haría? ¿Secesionista? Estamos ante el sempiterno complejo del progre. Ese que le impide aceptar con naturalidad la existencia de la nación española.

Hoy es "progresista", ayer, por tanto, no lo era. Es la visión de España de quien sigue condicionado por la visión de España de Franco. De quien aún toma la identificación del régimen franquista con España por la identidad de España con aquel régimen. Las diferencias de Bono con Zapatero en este punto son retóricas, no de fondo. El político manchego hace el numerito españolista, pero no deja de rodearse de precauciones. Tantas, que no se le vio encabezar oposición alguna a la tramitación de un Estatuto que dinamitaba esa unidad por él tan apreciada. Tuvo entonces la ocasión de demostrar sus convicciones, allí donde hay que hacerlo: no en los corrillos, sino en la escena pública. Pero el patriotismo del que alardea se quedó en un conveniente patriotismo de partido. El misterio es que todavía haya quien le crea.

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