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Cristina Losada

Cada vida es importante

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Eso dice el personaje que interpreta George Sanders en la película “Esta tierra es mía”, de Jean Renoir, antes de soplarles a los nazis el nombre del autor de un atentado so pretexto de evitar el fusilamiento de diez rehenes. Es una frase a la que nada se puede objetar, como “no a la guerra”. Ambas flotan en el limbo de las frases justas y cualquiera puede agarrarlas para justificar cualquier cosa. Incluso lo contrario de lo que manifiestan: en un caso de rehenes y chantajes, salvar una vida puede significar la condena de otras muchas, como sabían tantos hombres y mujeres que dieron las suyas en la guerra contra los nazis.
 
La presidenta de Filipinas pronunció esa misma frase para avalar la retirada de tropas de Irak: había que salvar a Ángelo de la Cruz, secuestrado por un grupo islamista. No hay modo de medir cuánto le importaba al gobierno filipino la vida del pobre chofer, y cuánto su propio futuro: el de un gobierno débil, al que una movilización callejera podría, tal vez, derribar. Es un hecho, en cambio, que a los gobiernos filipinos les ha preocupado menos la suerte de los habitantes del sur del archipiélago, donde los islamistas de Abu Sayyaf han degollado a 76 personas en los últimos años, sin que Manila tomara resoluciones de la envergadura de ésta.
 
El ministro de Exteriores de Australia ha dicho, al respecto, la verdad desagradable: España y Filipinas “han animado a los terroristas a llevar a cabo las amenazas de las que ahora somos objeto nosotros”. Los gobiernos de los dos países han practicado en el tablero de Irak un juego peligroso: el de “pasar” el atentado y el secuestro. O: que maten a otros. El “pásalo” de los móviles era premonitorio. Refrendado por la mayoría, el juego se ha convertido en política de estado bajo cualquier frase del limbo: convivencia, diálogo, paz, amistad hispano-árabe.
 
Pero duele que le acusen a uno de pasarle al prójimo la tarjeta de visita de la muerte. El gobierno español, le contestó Trinidad Jiménez al ministro, “jamás hubiera aceptado un chantaje de un grupo terrorista”. ¿Y qué fue entonces el 11-M? Para terroristas como El Egipcio no hay duda de que lo fue, y de que funcionó. Los socialistas se escudan en que la retirada era una promesa. Repiten que los actos terroristas no deben condicionar las decisiones políticas. Y afirman que “el 14-M fue el pueblo español quien decidió en las urnas la retirada de nuestros soldados”. Pues, señores, no parece que el pueblo tomara la decisión borrando de su espíritu el impacto de la masacre y de su mente la ecuación: presencia en Irak igual a 11-M.
 
Por haberse aplicado a reforzar el impacto del atentado terrorista sobre los votantes, el PSOE paga ahora una penitencia: la legitimidad moral de su victoria depende de la absoluta confirmación de la autoría islamista. No puede permitirse ni una sombra de duda sobre ello. Por eso, impide la investigación de la posible relación entre los autores del 11-M y la ETA. Por eso un jefe de policía tiene que deslucir su profesionalidad negándose a explorar una hipótesis cuando no se han despejado todas las incógnitas. Por eso no les importa dar la impresión de que, para ellos, averiguar cómo, por qué y por quiénes fueron asesinadas 192 personas ya no es importante.

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