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Cristina Losada

Cartas al Papa

ha ocurrido cuando menos se esperaba. Cuando entre los dirigentes políticos, en los media, entre intelectuales y otros grupos, domina un discurso que cuando no desprecia o rechaza esa y otras señas de identidad de Occidente, tiende a arrumbarlas

Cristina Losada
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La movilización de gentes que ha causado la muerte de Juan Pablo II debe contarse entre las mayores de nuestra época y, en especial, de aquellas que han surgido de forma espontánea. Millones de personas han demostrado con su presencia activa que la raíz cristiana conserva su vitalidad. O que, si había menguado, la recuperó con este Papa.
 
Y ello ha ocurrido cuando menos se esperaba. Cuando entre los dirigentes políticos, en los media, entre intelectuales y otros grupos, domina un discurso que cuando no desprecia o rechaza esa y otras señas de identidad de Occidente, tiende a arrumbarlas. Como quedó ilustrado por la negativa a incluir el cristianismo como uno de los rasgos fundacionales de Europa en el Tratado constitucional de la UE. Rasgo o raíz que, como ha mostrado el carácter global de la movilización, sigue trascendiendo los límites estrictos de nuestra cultura.
 
La reacción ha debido dejar pasmado a más de uno. Incluido el gobierno español, que empeñado como está en hostigar a los católicos, tendría motivo para reflexionar sobre la inteligencia de su curso de enfrentamiento con la religión que, aunque no practiquen al pie de la letra, continúan profesando o sintiendo como propia muchos españoles.
 
Si la enfermedad y la muerte del Papa han resultado ejemplares y conmovedoras, en tiempos en que se ocultan tanto la una como la otra, la actitud de las personas que han demostrado su afecto y su respeto hacia él, también lo ha sido. A mí, por razones obvias, me ha conmovido especialmente la de los lectores de Libertad Digital, que hicieron llegar sus mensajes en tal número que hubo de crearse el suplemento Cartas al Papa.
 
He leído muchas de ellas. Todas transmiten una gran emoción y gratitud, que de forma instantánea se contagian al lector que no sea de piedra. Pero –el hábito crítico es así–me llamaron la atención algunas cartas, de personas jóvenes, en las que se relacionaba la vaciedad de una vida sin espiritualidad con el consumismo y el capitalismo. Una reflexión comprensible, pero discutible.
 
La sensación de vacío en la vida no es consecuencia del bienestar material. Aunque tampoco se llena la vida con él, por supuesto. Algunos occidentales creen, por ejemplo, que en los países pobres, la gente es más feliz. Se dice en reportajes, lo repiten personas a las que impresiona la alegría que, a pesar de todo, muestra allí la gente. Pero esa gente desea vivir mejor, prosperar, gozar de las oportunidades y comodidades que nosotros tenemos. La emigración es una prueba de ello.
 
Donde se suprime el libre mercado, en países socialistas o similares, y no hay nada que consumir, la vida no está más llena. Los que han salido de ese marasmo, no quieren volver a la miseria. Suelen sorprenderse cuando oyen hablar de las maldades del consumo y del mercado. ¿Cuándo puede decirse que el consumo es excesivo? ¿Por qué no voy a tener varios modelos de coches para elegir, en lugar de uno solo o ninguno?, me decía, una vez, un alemán del Este.
 
Es cierto que hay personas que sólo piensan en comprar esto y lo otro y pasan la vida surfeando por la superficie. Pero esa es su opción. Es cierto que la economía de mercado no siempre produce efectos benéficos, con frecuencia por las distorsiones que introducen los gobiernos y otros poderes. Y es cierto que en algunas zonas, como Europa, la opulencia material coincide con una enorme debilidad cultural y espiritual.
 
Pero el capitalismo, la economía de mercado, no promete ni puede prometer la felicidad ni la plenitud. Eso, como dijo Mises, es algo que cada individuo debe alcanzar por si mismo. Ocurre que sin esa libertad, y en general, sin libertad, esa búsqueda, y hasta la propia supervivencia, se dificultan, cuando no se hacen imposibles. La sustancia de la libertad la captó quizá mejor que nadie John Stuart Mill en su ensayo clásico. Es, dijo, el derecho de forjar libremente la propia vida como se quiera, la producción de circunstancias en que los hombres puedan desarrollar su naturaleza tan variada y ricamente y, en caso de ser necesario, tan excéntricamente como sea posible. Y es también, añado yo, la libertad de no hacerlo.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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