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Cristina Losada

Comisión del olvido

Las Comisiones de la Verdad no han sido el bálsamo de Fierabrás en ninguno de los países que las constituyeron. Pueden servir, eso sí, para resucitar los agravios en sociedades fracturadas que lo que necesitan es olvidar.

Cristina Losada
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Hace unos días ponía yo aquí, como ejemplo de la caza del “fascista” imaginario a la que vuelve a haber afición, la que emprendieron los comunistas en la guerra civil contra la izquierda que no se sometía a su dictado. El caso del POUM y Nin, al que habría que agregar el de los anarquistas. Pero olvidé el otro caso, el gran caso, junto al de los religiosos: la represión de que fueron víctimas las personas de derechas o sospechosas de serlo. Un olvido no exento de significado: haberse criado en la izquierda deja huella o, como en este caso, borra.
 
La memoria es así. Poco de fiar siempre, y menos cuando de la historia se trata. Memoria e historia no tienen por qué converger y memoria histórica, en el sentido que se viene utilizando, como vehículo de recuperación de la historia, aboca a malentendidos. No puede fiarse a la memoria el esclarecimiento de los hechos. Ni los ajustes de cuentas con el pasado.
 
El juez Baltasar Garzón quiere organizar uno de esos ajustes mediante una “comisión de la verdad” que investigue los “crímenes contra la humanidad” cometidos por la dictadura. No se basaría tal Comisión en la memoria, claro está, pero el juez hace gala de memoria selectiva al proponerla. Lanzó la idea en una entrevista con la agencia Reuters, detalle no baladí. Alguna prensa anglosajona informa a sus lectores, cada tanto, de que en España ha habido miedo a hablar de la dictadura hasta hace un cuarto de hora. No les parecerá, pues, extemporánea, la propuesta del juez.
 
Pero lo es. Y para quienes asistimos a la Transición desde las filas de una izquierda que ahora llamarían “utópica”, estas tardías muestras de afán justiciero resultan doblemente patéticas, a más de sospechosas de abrigar segundas intenciones.  Hay toda una estirpe de políticos,  intelectuales y periodistas que a finales de los setenta tenían uso de razón, que no manifestaron entonces deseos de verdad y justicia. Algunos percibían que no estaba el horno para bollos, otros andaban ocupados haciéndose un rebirthing como demócratas y hasta como socialistas, que de todo se vio. Y ahora, protagonizan la serie de Los Vengadores.
 
Garzón declaró dos intenciones cuando lanzó la idea. Una,  que convenía “dejar al descubierto esa parte de la historia de España”. Acabáramos. El juez ignora que no se ignora lo que sucedió. Una consulta de los libros publicados, un vistazo a la tele, le hubieran ahorrado la desazón. Dos, que se trata de que las víctimas presenten cargos criminales contra los supervivientes de la dictadura. Pero el capítulo de crímenes relacionados con una guerra civil no puede trocearse y tirar una parte al olvido.  ¿Qué se haría  ante una reclamación de los parientes de los asesinados en Paracuellos?  ¿Qué ante la de familiares de anarquistas y poumistas acribillados por la espalda? ¿Se consideraría que algunos ya fueron compensados por el franquismo?
 
Las Comisiones de la Verdad no han sido el bálsamo de Fierabrás en ninguno de los países que las constituyeron. Pueden servir, eso sí, para resucitar los agravios en sociedades fracturadas que lo que necesitan es olvidar. ¿Cree Garzón que puede  removerse impunemente el poso de la Guerra? ¿Que a la sociedad española, le conviene ahora ese viaje al pasado fratricida? ¿Qué quiere Garzón? ¿Hacer la ruptura ahora? ¿Ganarle la guerra a Franco? ¿Y por qué no ir más allá? Pues una Comisión de ese tipo iniciaría una espiral casi infinita que de crimen en crimen, de odio en odio, podría llevarnos hasta  Tigrekán,  Fernando VII, o sea.

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