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Como criminales

Se puede uno compadecer de un Vaquilla, castigado por la vida, además de por sus delitos, pero de estos acusados va a ser que no.

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EFE

Desde Berlín, Puigdemont dijo que en el banquillo del Supremo se ha sentado a gente "honorable, inocente, demócrata" como a "criminales". Como a horribles criminales y vulgares delincuentes, quiso decir. El que huyó del banquillo y de sus responsabilidades dijo esto antes de ir a una cena con las Pussy Riot y Bob Geldof, y después de colarse en la Berlinale para entregar un premio que los realizadores de la cinta han devuelto. Por cierto: habrá que preguntarle al organizador de la cena, el partido liberal alemán, FDP, miembro de ALDE, por la inclusión del tóxico en el menú.

Las palabras del expresidente son significativas porque intentan explotar una aparente incongruencia en el plano de la imagen. Es como si dijera: he ahí a unos señores respetables, que tienen carreras y tuvieron altos cargos, que no han cometido una falta en su vida (es un decir), y resulta que España los trata como a los peores criminales, como si fueran el descuartizador de Alcalá o el pederasta de Ciudad Lineal. Bueno. Si Puigdemont quiere llamar criminal a cualquier acusado, es cosa suya. Pero en relación al trato que dispensa la Justicia, no hay diferencia. Tratará igual a todos los acusados, sin que importen su rango, su oficio y su procedencia social, ni si visten un chándal raído o un traje de Armani. Es lo que debe ser. Y es un gran invento. Por lo demás, sus exconsejeros, gracias a su condición de aforados, serán juzgados por el Supremo, lo cual, en cierto modo, es un privilegio.

En el victimismo tienen amplia práctica los separatistas, lo mismo que en la propaganda. Pero está por ver que, en el juicio, puedan compatibilizarse esos dos trucos políticos con la defensa de los acusados. Uno de los defensores, el de Jordi Sànchez y Josep Turull, conminó el primer día al tribunal con estas palabras: "Hagan de jueces, no de salvadores de la patria". Ni falta que hace: son jueces. Lo que no está nada claro es que los defensores vayan a hacer de defensores y no de agitadores. Los "libelos acusatorios" contra la Justicia española, como así calificó el fiscal Zaragoza algunos escritos de las defensas, puede que gusten mucho a los fanáticos, pero tienen un inconveniente: a los acusados no les van a ayudar. Aunque si prefieren que sus abogados hagan agit-prop barato en lugar de centrar sus esfuerzos en una defensa profesional, allá ellos.

El fiscal sintetizó la actitud de los defensores diciendo que pretendían "transformar en víctimas a quienes han fracturado el orden constitucional". En efecto, en esa inversión de papeles es en lo que ha estado y está el separatismo. En que no han hecho nada, pero nada, y menos algo que sea delito. Cómo va a ser. Si hasta los tertulianos de la tele, como dijo el defensor de Oriol Junqueras, opinan que no hubo delito de rebelión. Hay que agradecer al abogado Van den Eyden la invención de una nueva fuente del Derecho: la tertulia televisiva. Y el chiste.

Pero la victimización de los acusados no la están haciendo únicamente los defensores y los propagandistas a tiempo completo, tipo Puigdemont. Su aparición en el tribunal ha propiciado en la prensa la literatura sentimental sobre el pobre reo. Alguna crónica destacaba cómo se habían fundido en largo abrazo con sus familiares después de la sesión. Pobriños. No son los primeros políticos a los que se juzga ni los primeros que están en la cárcel, pero sólo estos logran excitar la compasión. ¿Cuál será el hecho diferencial que motiva el distinto trato? Al contrario que a esos colegas selectivamente sentimentales, a mí los acusados por el golpe separatista no me dan ninguna pena. Fueron advertidos una y mil veces de las consecuencias de sus actos, y aun así los llevaron a cabo. Se puede uno compadecer de un Vaquilla, castigado por la vida, además de por sus delitos, pero de estos acusados va a ser que no.

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