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Cristina Losada

Confundidos y apiñados

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Circula por Internet la idea de firmar un manifiesto de protesta por la afrenta infligida a las víctimas del terrorismo por la Academia del Cine español. Yo he dicho que firmaría, pero pienso que los cineastas y farándula adjunta no se merecen tanta atención. Ni se la merecen, ni la tuvieron, como lo demuestra que la retransmisión de la ceremonia concitara una de las audiencias más bajas de su historia. El acto mostró que tenía razón Jean Luc-Godard cuando dijo, en 1970: “El cine es un mundo completamente cerrado que te corta de la realidad de un modo increíble”. Y Godard hizo o quiso hacer cine político y revolucionario, cosa que la mayoría de los que estaban en la gala no han pretendido nunca.
 
Pero dos comentarios aparecidos este lunes en El País y algunas cartas de lectores publicadas, me incitan a la reflexión. Diego Galán califica el acto de “valiente y rotundo” y resalta que Mercedes Sampietro, presidenta de la Academia, “defendió la libertad de expresión apoyada como una piña por los anteriores presidentes”. Piñas aparte, y salvando que no estaban todos los ex, sino que faltaba Luis García Berlanga, quien ya el año pasado se mostró crítico con la politización del evento, el artículo es un buen ejemplo de la exaltación de la unidad del sector que se ha venido haciendo y ofreciendo como prueba de razón.
 
No siempre la unión es señal de fuerza. En un grupo humano amplio y diverso, un signo de fortaleza es que haya pluralidad de opiniones y que ésta salga a la luz. No ocurre aquí tal cosa. Hay una unanimidad tan sobreactuada que resulta sospechosa: o hay opiniones diferentes, pero los disidentes no se atreven a mostrarse, o todos piensan igual. Este último caso, tal vez el más ajustado a la realidad, nos coloca ante una triste y ya intuida certeza: el mundillo cinematográfico español es, en lo intelectual y en lo político, un páramo. En él no hay asomo de debate ni de otras hierbas salvajes. Si además existe una censura o autocensura del disidente, se ejerce una coacción que sofoca la libertad, y la calidad moral del grupo no supera la de los matones de barrio.
 
La unión mostrada por el sector es el reagrupamiento defensivo de un grupo débil. Un grupo de miembros intelectual y moralmente débiles, y débiles también, y quizá sea esa la clave, profesionalmente. Para compensar su debilidad necesitan apiñarse. Como para encubrir su negativa a posicionarse contra ETA necesitan inventarse una lucha por una libertad de expresión de la que gozan sin ningún problema. ¿O es que alguna autoridad ha prohibido en algún sitio la proyección de La pelota vasca? Pero cuando se va a Berlín, como hizo Aitana Sánchez Gijón, a decir que en España hay censura, se ve que algunas cabezas del cine español, aun viajadas y todo, desconocen los usos de las sociedades libres y las naciones democráticas.
 
Esa misma ignorancia se trasluce en la carta de un lector de El Mundo que dice: “ser víctimas del terrorismo no les da derecho a coartar la libre expresión del resto de los ciudadanos”. Ergo, ser cineasta no da derecho a impedir la libre expresión de quienes protestan contra su obra. Los del cine español y algunos más, confunden libertad de expresión y libertad de crítica y quieren impedir esta última. Impedirla cuando vaya contra ellos, ejercerla sólo ellos. Huellas de la educación totalitaria del pensamiento.
 
Last but not least, Maruja Torres, la chica de los millones de hijos de puta, ensalza a Sampietro por sus ovarios y concluye que le exigió “lo imposible a nuestros próceres: sentido del humor, que encajen las críticas y que amen el cine”. Lo segundo habría que exigírselo a los del cine también. Lo primero va en los gustos, que hasta en el humor son variados. Y lo tercero parece un nuevo mandamiento de la ley prisaica cuyo cumplimiento espero que no se le exija a nadie. Yo reivindico la libertad de no amar el cine, de serle infiel, de odiarlo incluso y por supuesto, de tomarlo como lo que es, un entretenimiento. Por terminar con el amigo Godard: “Ce n’est pas une image juste, c’est juste une image” . Una imagen, nada más.

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