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Cristina Losada

Contra el confinamiento obligatorio

Buena parte de la sociedad está “desinformada, aterrorizada y sin datos fiables en que apoyarse”, y por ello predispuesta a aceptar y apoyar medidas draconianas como las impuestas.

Cristina Losada
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Buena parte de la sociedad está “desinformada, aterrorizada y sin datos fiables en que apoyarse”, y por ello predispuesta a aceptar y apoyar medidas draconianas como las impuestas.

Hay un manifiesto. Otro más. Pero éste es distinto. Lo firman Juan José R. Calaza, Andrés Fernández Díaz, Joaquín Leguina y Guillermo de la Dehesa, de profesión economistas, matemáticos y estadísticos. El asunto de urgencia se condensa en el título: Contra el confinamiento de la población. No buscan firmas o adhesiones. Y no es necesario adherirse a todo lo que dicen para reconocer que sus razones son sólidas, que deberían meditarse y que es verdadera una de sus premisas principales: se están tomando decisiones de un alcance sin precedentes, que pueden tener impactos devastadores en la economía y otros muchos ámbitos, sin disponer de datos fiables.

La principal laguna es que no sabemos cuántas personas han sido infectadas hasta hoy por el coronavirus. Ni en España ni en ningún otro país del mundo tenemos, hoy por hoy, ese dato. Y es un dato esencial para estimar la tasa de letalidad. "Sin información fiable es arriesgado tomar decisiones, difícil corregir el impacto de la pandemia y probable cometer monumentales dislates", advierten los autores. Citan, a ese respecto, el importante artículo del científico John P.A. Ioannidis A fiasco in the making? As the coronavirus pandemic takes hold, we are making decisions without reliable data.

El ejemplo canónico de dislate es, para los firmantes, el estado de alarma impuesto en España. Contraponen nuestro estado de excepción de facto a lo que están haciendo países "que confían más en la autonomía y responsabilidad personal". Consideran el confinamiento obligatorio "ineficaz, humillante, traumatizante y destructivo". Ineficaz, entre otras cosas, porque no garantiza "la disipación estacional de la pandemia ni evita su vuelta, el próximo otoño". Frente a esa medida, que equiparan a un arresto domiciliario y ven de dudosa legalidad, proponen otras. Dos esencialmente: el confinamiento voluntario de aquellas personas con riesgo y la obligatoriedad de mascarillas y guantes fuera del hogar. La gran diferencia en el número de fallecidos en España y Corea del Sur, dicen, radica en la utilización de mascarillas, que fueron "inmediatamente obligatorias en Corea del Sur en los primeros focos".

La ya famosa idea de "aplanar la curva" la reducen a puro mito. "Es un mito que el aplanamiento de la curva epidémica por confinamiento de la población salve muchas vidas. Y las pocas que relativamente pudiese salvar, en el corto plazo, sería a costa de multiplicar los fallecimientos en el medio y largo plazo". Aunque puede evitar tropeles en urgencias, "no frena los contagios en medio y largo plazo". Aquello que sí salva vidas, insisten, es la prevención y utilización masiva de mascarillas cuando aún no se ha alcanzado un umbral crítico de contagio, y la protección, desde un principio, de ancianos que no pueden protegerse por sí mismos. Tachan de "vergonzoso, casi criminal, el desamparo de personas mayores residenciadas" que se ha dado en nuestro país.

Tanto la idea de aplanar la curva como el "dilema entre mitigar y suprimir" son triturados por los autores, dejándolos al nivel de meras "pamplinas, dado el desconocimiento general de la verdadera tasa de letalidad del virus". Tampoco excluyen de su crítica al "intimidatorio modelo matemático" del Imperial College de Londres. Resulta que anticipa el número de muertos en ausencia de medidas de distanciamiento social –sin conocer, de nuevo, la tasa real de letalidad–, pero evita estimar los fallecimientos si se aplican esas medidas. No se sostiene en datos sólidos, "de ahí que dispare en todas las direcciones esperando acertar en alguna".

La otra gran preocupación del manifiesto es el impacto económico de las medidas adoptadas en España. Su recomendación es relanzar la actividad de inmediato para evitar las consecuencias de la voladura del entramado económico. Entre otras razones de peso, porque"un Estado endeudado por el desmoronamiento económico carecerá de medios para mantener un sistema de salud eficiente capaz de salvar vidas en el futuro". Después de estimar que el número de infectados reales será entre 12 y 15 veces superior al reportado por el Gobierno, pronostican: "Con esos datos no sorprendería que el sacrificio económico resultara inútil al ser inevitable el contagio de gran parte de la población". Y proponen:

Salvemos, al menos, la economía y el futuro de los jóvenes.

Este manifiesto no va a gustar. No en unos instantes en que, como calibran acertadamente los autores, buena parte de la sociedad está "desinformada, aterrorizada y sin datos fiables en que apoyarse", y por ello predispuesta a aceptar y apoyar medidas draconianas como las impuestas. Pero conviene oír a los que disienten precisamente cuando se instala, casi de forma natural, un pensamiento único. Aunque no se instala sólo por miedo y desinformación. Ni espontáneamente. También es inducido. Los autores señalan cómo hay partidos anticonstitucionales e independentistas que piden medidas aún más extremas, "descontando una crisis peor que la del 2008, en aras de abonar el terreno a sus nefastas y no ocultadas pretensiones". España, advierten, no podrá encajar dos crisis seguidas: primero epidémica; después económica. Concluyen:

Ya que no fueron capaces de evitar la primera crisis, evitemos la segunda.

En España

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