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Corbyn, la atracción fatal de la pureza ideológica

La elección de un veterano izquierdista del laborismo como líder del partido británico ha dado lugar al júbilo habitual en estos casos.

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La elección de un veterano izquierdista del laborismo como líder del partido británico ha dado lugar al júbilo habitual en estos casos. Yo, que recuerdo bien la explosión de alegría con que mis amigos socialistas recibieron la primera victoria de Mitterrand en Francia en 1980, he visto desde entonces, siempre desde la barrera, muchas otras celebraciones en las que se festejaba el inminente cambio del mundo. Un mundo que cerril y tozudamente siguió luego caminos insospechados por quienes depositaron sus ansias de transformaciones definitivas en las victorias de unos u otros líderes, partidos e ideas.

No hace mucho, el pasado mes de enero, se volcó un buen caldero de expectativas de esa clase sobre Alexis Tsipras en el instante en que ganó las elecciones griegas. Aquello, ¿o ya se ha olvidado?, iba a ser el fin de la troika, la austeridad, Merkel y el neoliberalismo, y no sólo en Grecia, sino en toda la vieja Europa. Sin embargo, ¡ay!, al valiente líder le entró de pronto un "temblor de piernas", retrocedió ante el abismo y defraudó a su devoto público, que es aproximadamente el mismo que no cabe en sí de gozo por el triunfo de Jeremy Corbyn entre la militancia laborista.

Ya que he citado a una dirigente de Podemos -la del "temblor"-, debo decir cómo ha saludado su jefe al nuevo líder del Labour: con un artículo titulado "¿Por qué todos hablan del Pablo Iglesias británico?". Tengo para mí que el día que Iglesias Turrión escriba un artículo sobre el papa Francisco será capaz de titularlo: "¿Por qué todos hablan del Pablo Iglesias del Vaticano?". El caso es ser el protagonista. En fin. Eso que le ha dedicado a Corbyn, más que señal de gozo es señal de ego.

Pero salgamos del patio de colegio. Y volvamos a los 80. Porque es a esa época adonde parece haber regresado el laborismo con Corbyn: a aquel giro a la izquierda de Michael Foot, y a aquel bonito programa de verdad de izquierdas que un diputado laborista bautizó, con envidiable ingenio, como "la nota de suicidio más larga de la historia". Igual que ahora, la derrota empujó al laborismo a un viaje a las raíces y a la pureza ideológica que le conduciría a una larga travesía del desierto. Sólo salió de allí después de varias derrotas más, y después de que Blair ensuciara aquellas esencias cristalinas incorporando ingredientes de las reformas que había hecho Thatcher.

La historia no tiene por qué repetirse, ni siquiera como farsa, pero la cuestión interesante es que hoy, y en un país que no ha sufrido la crisis como otros de Europa, un partido con la tradición de gobierno del laborismo decida retornar a una supuesta autenticidad perdida eligiendo como líder a un izquierdista de libro, que vuelve a hablar el lenguaje de la lucha de clases. Es, bien mirado, el camino más fácil. Es más fácil dejarse llevar por la claridad del discurso en blanco y negro, por la rotundidad maniquea de buenos y malos. Es más seguro encerrarse en la torre de marfil ideológica que navegar en la confusa, mixta e impura realidad. Pero, al cabo, en una democracia liberal, la realidad con toda su impureza y confusión acaba por dejar a los profetas de los cambios radicales y definitivos en su sitio. Un sitio que no está lejos del speakers’ corner de Hyde Park.

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