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Cristina Losada

Cristales rotos y causas perdidas

Tomar los incidentes en Barcelona por muestras del descontento social por la crisis y las reformas, como hizo Rajoy, es regalar un inmerecido plus de representatividad a sus autores

Cristina Losada
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No hay que ser un lince para vislumbrar que el Gobierno tendrá  más problemas en la calle. No hace falta ser un paleoconservador para estimar poco convincente su actuación ante las tempranas algaradas. Tomar los incidentes en Barcelona por muestras del descontento social por la crisis y las reformas, como hizo Rajoy, es regalar un inmerecido plus de representatividad a sus autores.  Hay descontento, claro, pero  la mayoría de descontentos no se identificará con los vándalos. Caso de que  lo hiciera, un Gobierno ha de contrarrestar la tendencia,  no alimentarla. El Partido Popular sí se ha esmerado en culpar a los socialistas de mover los hilos del alboroto. Sin embargo,  ese campo de batalla no es el más importante para el ciudadano. Es el otro, el de las calles, el que le resulta vital. La gente suele valorar el orden. Ante su alteración violenta no mirará sólo hacia quienes perpetran los desmanes; también hacia quienes no han sabido controlarlos.  

La permisividad del Gobierno Zapatero ante la ocupación del espacio público y otras coacciones de "los indignados", como el acoso a los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud, sentó pésimos precedentes. El alineamiento de Rubalcaba con los que infringían la ley en Valencia y su pretensión de ceñir el problema a un  asunto de derecho de manifestación, es un aviso. Avisa de que también las minorías violentas contarán con su protección política. Y basta una minoría para sacar de quicio a una ciudad. La cuestión es cómo evitar que las cosas lleguen tan lejos. Si adaptamos la metáfora del  politólogo James Q. Wilson,  coautor del célebre ensayo “Cristales rotos” (Broken windows, 1982), fallecido hace pocos días,  cuando romper una oficina bancaria queda impune, podemos estar seguros de que los destrozos van a multiplicarse. ¡Será una diversión!

Nada contribuirá tanto a esa espiral como las justificaciones. El discursito de  las causas, tan caro al progresismo. De hecho, las tesis de Wilson fueron criticadas por no abordar las raíces del delito, pese a que superaron la prueba de la experiencia. Hoy y aquí,  la crisis y los recortes se exhibirán como causa legitimadora de cualquier disturbio. Si el Gobierno se incorpora a ese campo semántico, entonces, tiene la causa perdida. La visión progresista se aferra a las causas por su creencia –cuando cree- en que todos los conflictos tienen solución. Quienes no viajamos en el vagón de la  utopía, nos contentamos con que se mitiguen sus peores efectos. A la vista de lo sucedido, también parece utópica esa modesta aspiración.

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