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Cristina Losada

Cui prodest?

Ha tenido que ser el secretario general de las Juventudes Socialistas, Sergio Gutiérrez, quien hiciera de portavoz de los miserables que justifican a los matones nacionalistas. La culpa de la agresión a San Gil, señores, es de San Gil.

Cristina Losada
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Para los "cenizos", o sea, para los realistas, la agresión a María San Gil en el campus compostelano no ha sido una sorpresa. Como tampoco sus precedentes inmediatos: los acosos e intimidaciones a miembros de dos asociaciones contrarias a la imposición lingüística que tuvieron lugar el viernes en La Coruña y el sábado en Vigo. Se veía venir todo esto en Galicia. Desde el caso, mejor dicho, desde la patología que se extendió allí tras el accidente del Prestige, la tolerancia hacia la violencia de tipo político ha registrado un significativo incremento. Cinco años largos después de aquella explosión de irracionalidad inducida, tras aquel clima de linchamiento que se apoderó, sobre todo, de las ciudades y las universidades, ya tenemos reactivados los rescoldos de una Batasuna galaica y un grupo terrorista activo. Unas ocho bombas ha puesto, pero como "sólo" causan daños materiales, se denominan artefactos y a otra cosa, mariposa. Entremedias, la alianza de hierro de ZP y los nacionalistas. Y un pacto de gobierno entre el PSdG y el BNG que consagra no ya el poder –desmesurado para sus resultados electorales– del Bloque, sino ante todo el nacionalismo como pensamiento único y dominante en sectores clave: enseñanza, universidad, cultura, medios de comunicación. El Gobierno bipartito ha apretado las tuercas lingüísticas siguiendo la senda abierta hace décadas por el nacionalismo catalán y desbrozada en tierras gallegas por el PP de Fraga. De aquellos polvos, estos lodos. En el preciso instante en que desde la sociedad civil han surgido voces de alarma y protesta, se ha activado el plan B. Persecución al canto.

Ha tenido que ser el secretario general de las Juventudes Socialistas, Sergio Gutiérrez, quien hiciera de portavoz de los miserables que justifican a los matones nacionalistas. La culpa de la agresión a San Gil, señores, es de San Gil. Ya me dirán qué significa si no la sentencia de Gutiérrez de que el incidente es "fruto de la crispación a la que nos ha llevado el PP". Tan viejo como el totalitarismo y tan infame como la complicidad con él. La altura moral de la frase del New Red se sitúa en el mismo socavón que la de los que se pronuncian contra los asesinatos de ETA pero acusan a los asesinados de provocar con su presencia y opiniones. Y naufraga en bajuras semejantes a un BNG que se niega a condenar el Holocausto si no se equipara a los nazis con el estado democrático de Israel.

Son viejos conocidos del campus compostelano los que se lanzaron contra San Gil. Bajo las mismas siglas han tapiado despachos de profesores porque daban las clases en español; han agredido a estudiantes –a una militante de sus JJSS, señor Gutiérrez– por hablar en español en los pasillos; han quemado periódicos universitarios escritos en español y han perseguido al anterior rector, Darío Villanueva, que, al contrario que María, escapaba siempre por la puerta de atrás. Tanto huía, que nunca movió un dedo contra quienes perpetraban esas fazañas. Y ahí siguen, impunes, subvencionados y ahora envalentonados. Los vientos soplan a favor. Razón por la que resulta altamente improbable que el actual rector, heroico antifranquista retrospectivo, se atreva a poner en su sitio a estos "camisas pardas".

Galicia no está inmunizada contra un nacionalismo violento ni contra un abierto terrorismo de ese signo. Ningún lugar lo está cuando falla el Estado de Derecho, cuando las condenas de las agresiones se hacen con la boca pequeña y con "peros", cuando la sociedad civil no reacciona a tiempo. Una minoría amedrentadora puede tener a la mayoría en un puño si cuenta con la pasividad cómplice o la complicidad pasiva de las instituciones, los partidos y el establishment. A fin de cuentas, esas bandas de la porra son útiles para disuadir. Cui prodest?

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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