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Cristina Losada

De antis a neos

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Hace unas semanas, Peter Turner, en uno de sus interesantes artículos en Libertad Digital, nos puso a Pío Moa y a mí como ejemplos de antifranquistas que escribían en este periódico, para refutar a un lector airado contra esta presunta “web derechista”. Turner podía haber puesto más ejemplos, pero hubiera llenado el artículo de nombres, pues empezando por el editor y el director, prácticamente todos los que colaboran aquí, y tienen edad para ello, formaron parte del pequeño segmento de la población española que se opuso abiertamente a la dictadura.
 
Pero haber sido antifranquista no es ya un dato relevante para las personas que se indignan contra las “webs derechistas”. Téngase en cuenta que, gracias a la fantasía retrospectiva, no hay español en edad de merecer medallas, que no haya corrido delante de los grises alguna vez en su vida. Es más, ni siquiera impide, ese pedigrí, que le llamen a uno “facha”, cosa que ocurre con frecuencia desde que en la izquierda han descubierto que el modo de transitar sin descalabros por la crisis de su ideología es dividir el mundo en dos: ellos y los fachas, que son todos los demás. Bueno, menos unos señores de derechas que les bailan el agua y alivian su ocasional prurito democrático: son los ejemplares de la derecha autorizada a existir, piezas de museo.
 
Así las cosas, el siguiente paso en este proceso de reducciones al absurdo tiene su lógica, aunque perversa: los antiguos antifranquistas pueden ser tachados de neofranquistas. Ahí es nada. Cierto que durante la Transición, muchos hicieron una mutación inversa a ésa. Y se ganaron el cielo. Mientras que un neofranquista sólo se ganará un linchamiento, lo cual parece ser el deseo de estos aprendices de alquimista: transformar a quienes desbaratan la versión oficial de la guerra y el franquismo en carne de picota.
 
Por supuesto, Moa encabeza la lista de estos mutantes creados por la imaginación de quienes prefieren siempre combatir contra molinos que contra gigantes. Pero a cualquiera que se desvíe de la recta vía lo pueden poner en la retorta. Si uno recuerda que Franco defendió la República en el 34, y que los que se alzaron entonces contra ella fueron el PSOE y la ERC, o si sostiene que la legalidad republicana se había derrumbado en el 36, le salen con que está defendiendo el golpe del 18 de julio y la posterior represión franquista. Podría uno responder con la misma moneda, y afirmar que quien defiende al Frente Popular aprueba las checas y las matanzas, las expropiaciones y las quemas de iglesias, y hubiera deseado una España con gulags y procesos de Madrid. Y ahí se acabaría la discusión que, en realidad, nunca empezó.
 
Pues no hay debate posible en esos términos. Eso sí, el continuo recurso a ese tipo de “argumentos” por parte de quienes se identifican con la izquierda, revela que siguen apostando muy fuerte a que los suyos fueron los buenos entre el 31 y el 39. Mucho les va en ello, cuando en lugar de polemizar sobre los hechos, deben hacerlo sobre las intenciones y orientaciones políticas de quienes les llevan la contraria. ¿No son suficientemente anchas las espaldas de la izquierda para soportar la parte de responsabilidad que le toca por la guerra? De momento, no. Cada vez son más estrechas.

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