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Cristina Losada

De Bambi y los 300

Ahora, quienes son capaces de dar la vida en defensa de la libertad son ¡de derechas! Hete ahí, destruido, el mito que ha alimentado el atractivo de la izquierda durante generaciones.

Cristina Losada
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Unas décadas atrás, la izquierda hubiera saludado la película 300 como una de las suyas. En los guerreros espartanos dispuestos a defender la libertad habría visto a unos héroes de su cuerda. La libertad de la izquierda de antaño requiere comillas, pero fuera como fuese, asumía que su defensa o consecución tenía un precio. En aquel entonces, el izquierdista no ocultaba su belicosidad tras retóricas de paz, salvo para engañar al enemigo. Se jactaba de ella. La revolución era sangrienta y el terror, necesario. Los sentimientos humanitarios se arrumbaban como debilidades burguesas. Y la afinidad con los 300 se hubiera consolidado al recordar que en Esparta regía una especie de comunismo, un sistema colectivista, en el que el dinero, el oro, se consideraba corruptor y se proscribía el comercio. ¡Unos anticapitalistas!

Seguramente, encontrarían en el guión esta o aquella ambigüedad ideológica, pero los que se enardecían con las historias de la Revolución rusa, con la Larga Marcha, con las guerrillas comunistas de Asia, África e Iberoamérica, se identificarían con los espartanos. Hoy, sin embargo, quienes pasean la etiqueta de izquierdas con la ostentación del nuevo rico han acordado que esta película es de derechas. Gran baza le han cedido. Singularmente a los neocon, que por lo visto han inspirado esta obra espléndida. No sólo por el éxito que ha conseguido en Estados Unidos y en España, donde el cómic de Miller va por su novena edición, sino, sobre todo, por esto: representa la cesión de los ideales y del heroísmo. Ahora, quienes son capaces de dar la vida en defensa de la libertad son ¡de derechas! Hete ahí, destruido, el mito que ha alimentado el atractivo de la izquierda durante generaciones.

No es que esa izquierda presuntuosa haya dejado de admirar cierto tipo de violencia. Todavía sus ídolos llevan armas y uniforme, como el Che, Fidel, Arafat, el subcomandante y tutti quanti. Aún le gustan los símbolos de la revolución y su terror. Sigue enamorada de las guerrillas. Frente al terrorismo de izquierdas y el islamista se parapeta en la ambigüedad y de un modo u otro, lo justifica. No le repugna la agresión física contra el adversario. Incluso un gobierno que no cesa de envolverse en la bandera de "la paz", como el de Zapatero, cultiva la amistad de regímenes militaristas y belicistas: Cuba, Venezuela, China, Irán. Hasta les vende armas. Y ello sin que ninguno de sus intelectuales, y me refiero a Almodóvar, De Toro, Bosé y cía., se revuelva. La fascinación por la violencia se mantiene latente, en un quiero y no puedo vergonzante, que a veces sale por las costuras: "fusilaría". Pero oficialmente somos pacifistas. Oficialmente, la izquierda ha sido siempre pacifista. Ay, si Lenin y Trotsky levantaran la cabeza. O La Pasionaria. Y fue Ibárruri quien afirmó: más vale morir de pie que vivir de rodillas. Ahora, esa proclama está en boca de los espartanos. O sea, de la derecha.

No extraña que 300 provoque rechazo en esa izquierda española que encarna como nadie Zetapé. Se ha de sentir retratada, y no en los guerreros. Es la izquierda que reserva su beligerancia para el adversario democrático y se arruga ante el enemigo totalitario. O se alía con él. La que acogería las ofertas de Jerjes a Leónidas, como acepta las de ETA. La que predica el apaciguamiento y condena a quienes puedan sostener, al modo de los 300, que prefieren arriesgar su vida antes que perder la libertad. Esa actitud vital, moral, política, le resulta completamente ajena. Iba a decir que ya no dispone de héroes, pero no es así. Se le ha acabado la épica, pero le queda "Bambi". El paradigma de la manipulación sentimental. Y es que no padece ni practica otra cosa la izquierda disneylandia.

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