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De Companys a Puigdemont, el instante de locura

El nacionalismo tiene que destruir. No es sólo que tenga que destruir España. Tiene que destruir, antes que nada, Cataluña: la real, la existente, la plural.

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JackMac34 - Pixabay

Se desgranan los daños que la deriva separatista ha infligido a Cataluña y se lamenta que el independentismo haya sido capaz de destruir tantas cosas en tan poco tiempo: la economía y el prestigio de Cataluña, su peso y su influencia en Madrid, el catalanismo transversal o una supuesta unidad preexistente. Se deplora igualmente el descrédito de las instituciones de autogobierno. "La Generalitat no existe. Cataluña no tiene gobierno. Eso es terrible", decía Josep Maria Bricall, que fue consejero de Gobernación con Tarradellas, en una reciente entrevista. Y ante el interminable enredo de la investidura, hay asombro por el hecho de que los separatistas respeten tan poco el autogobierno que prefieran mantener el desafío al Estado antes que recuperar la Generalitat. Es como si Puigdemont, comentan los asombrados, quisiera que el 155 se perpetúe.

Hay un tono Gaziel en el ambiente. No llega a la fuerza y la elegancia del original, pero recuerda al que transmite Gaziel en sus "Apuntes de una noche inolvidable", escritos "para los catalanes de mañana". Al leer su experiencia de los días de octubre de 1934 se perciben, casi físicamente, los estados de ánimo con los que el periodista asiste, incrédulo y angustiado, estupefacto y abatido, con la sangre helada en las venas, al desvarío de la Generalitat. Entonces consiguieron provocar la catástrofe en sólo diez horas, que es el lapso transcurrido entre la proclamación del Estado catalán por Companys y su derrota a manos del Gobierno y el Ejército de la II República. Y Gaziel, de modo similar a sus émulos de hoy, ve en todo ello un terrible golpe a Cataluña, "descartada, reducida a la impotencia, anonadada, en un abrir y cerrar de ojos", para "enorme gustazo" de sus enemigos. Todo cuanto se había conseguido, viene a decir, se ha ido al traste.

Habrá que ser experto en catalanismo para interpretar como es debido estos lamentos, los de Gaziel y los de ahora. Pero no es necesario tener esa especialidad para apreciar que la hipótesis que se desprende de ellos no vale. En su visión, el separatismo se lanza al vacío sin justificación, sin medir fuerzas, a sabiendas de que no va a conseguir lo que pretende y de que puede provocar provocar daños inmensos. Esto equivale a decir que da el triple salto mortal movido por un impulso irracional incontrolable, como bajo los efectos de un ataque repentino de insania. No lo pondrán en estos términos, pero los que hacen el recuento de daños se asombran de tal manera de que el separatismo haya podido causar tantos destrozos a Cataluña que la única explicación que dejan abierta es la del instante de locura. Algo que nada explica, pues está en el terreno mismo de lo inexplicable.

No logran explicarse cómo el separatismo es capaz de provocar esos desastres en Cataluña, por una simple razón: creen que ese ismo, igual que sus parientes el catalanismo y el nacionalismo, defiende los intereses de Cataluña. Creen que el nacionalismo catalán defiende el interés de Cataluña y quiere fortalecerla. No se les pasa por la cabeza que quiera debilitarla o destruirla. Pero eso es exactamente lo que hacen los nacionalismos. En contra de lo que dictan las apariencias y el tópico, el nacionalismo no es el defensor dedicado y firme de los intereses de la nación con la que se identifica. Al contrario. Para crear su nación, el nacionalismo tiene que destruir. No es sólo, en este caso, que tenga que destruir España. Tiene que destruir, antes que nada, Cataluña: la real, la existente, la plural. A ese empeño destructivo viene dedicando toda su firmeza, constancia y dedicación.

Los separatistas, antes nacionalistas, no defienden los intereses de Cataluña, sino los suyos. Si partimos de esa premisa quizá no entenderemos todo, pero entenderemos más. Sólo les interesa su proyecto, la construcción nacional, su nación nacionalista. Por ese objetivo están dispuestos a provocar daños, destrozos y catástrofes. Los que hagan falta. Es, a fin de cuentas, el coste necesario, como en toda revolución. Se trata de una locura, sí, pero es una locura que tiene cuerpo de ideología. No es que un día Companys, allá en 1934, o Puigdemont y Junqueras, acá en 2017, se volvieran, de pronto, majaras. El bicho está en la ideología. La prueba es que, empiecen como empiecen, siempre acaban haciendo lo mismo.

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