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Cristina Losada

De emboscadas, yates y caladiños

Quienes fustigaban al partido en el poder por su clientelismo, nepotismo y caciquismo, por las concesiones a dedo y el aprovechamiento partidista de las instituciones han incurrido, una vez en las poltronas, en tales corrupciones éticas y estéticas.

Cristina Losada
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Los gastos suntuarios de Touriño, las excursiones  de Quintana en el velero de un empresario que es el mayor adjudicatario individual de un concurso eólico, y la emboscada electoral de la que fueron víctimas cientos de personas mayores, son los últimos, que no únicos, síntomas. Todos ellos indican en qué ha consistido el "cambio" que fue anzuelo electoral y lema-para-todo de socialistas y nacionalistas galaicos. Se han hecho adictos a aquellas prácticas de las que acusaban al PP cuando Fraga presidía la Xunta. Y de las que acusaban con razón en ciertos casos.

Quienes fustigaban al partido en el poder por su clientelismo, nepotismo y caciquismo, por las concesiones a dedo, el aprovechamiento partidista de las instituciones, el uso y abuso de la subvención, y la manipulación de los medios han incurrido, una vez en las poltronas, en tales corrupciones éticas y estéticas. Y lo han hecho, además, con la naturalidad de los que se creen (o saben) de antemano absueltos, crecidos y amparados por el sentimiento de superioridad moral que ciega los cauces a la crítica, y dispensados, por lo mismo, del decoro en el uso del dinero público. Para redecorar lo utilizan.

Tomemos el reciente desvío de doce autobuses llenos de jubilados, que creían ir a Portugal, para llevarlos a una comida en Oya cuyo postre-sorpresa era un mitin del candidato del BNG. Ni mera anécdota chusca ni simple error. Es resultado de una conducta y de un propósito. Desde su cargo de vicepresidente con competencias en asuntos de bienestar, Quintana se ha dedicado a hacerse con el control del entramado asistencial. De las guarderías –donde ha impuesto las galescolas– a las residencias de ancianos, nada quiere dejar de su mano. Una mano que está presta a soltar el dinero público o, por el contrario, a cerrar el grifo.

En tiempos de Fraga, que concejales del PP llevaran a los ancianos del rural hasta los colegios electorales representaba, para la oposición, poco menos que un pucherazo. Lo llamaban carretaxe de vellos. ¿Cómo se llamará la encerrona que les hicieron a los setecientos en Oya? Todo cambia de nombre. Antaño, por ejemplo, merecían vituperios las comidas de don Manuel con gentes de la tercera edad. Pues bien, llegó Quintana y no paró de organizar guateques, baile incluido, con los mayores, y es que hecho por él no era abuso, sino simpatía. Y el voto del exterior, acerbamente criticado –decían que votaban los muertos– hoy lo ven tan impecable los socialistas, que cuantos menos requisitos cumpla, mejor.

Casi siento nostalgia, si no por aquella época, por sus manifiestos de escritores, profesores y artistas preocupados por los abusos del poder político y los déficits democráticos de Galicia. Escribían aquellos intelectuales que si la sociedad gallega se resistía a la alternancia era porque el PP la tenía acogotada, comprada o engañada. Era, decían, una sociedad silenciosa y silenciada. Una sociedad de caladiños. Los caladiños, ahora, son ellos. Callan, sí, salvo para jalear el aumento de la coacción lingüística, que es la gran involución democrática debida al bipartito.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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