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Cristina Losada

De la Manu de ETA

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En Manu Chao y Fermín Muguruza veo la degeneración de unos trastornos políticos y vitales que yo, y otros de mi cuerda, padecimos. Antes de que ellos salieran de la infancia, habíamos sido de extrema izquierda y luego, tercermundistas, ocupas, ecologistas y antisistema. En nuestra ruptura con la izquierda tradicional no logramos liberarnos –tan libres como nos veíamos– del corsé de la ideología. No teníamos ni pajolera idea de la realidad y ni siquiera entendimos lo que nos mostraban nuestros viajes por el mundo. No nos enteramos de que había vida inteligente fuera del marxismo y sus aledaños. Cierto que no se enteraba uno sin esfuerzo: el marxismo era la ideología dominante en los medios intelectuales más cercanos. Hoy, la vulgata marxista con los apéndices de moda es la ideología dominante en los medios de masas. No sé si habrá llegado al ¡Hola! pero está en Marie Claire. Sólo es un indicio de la degeneración.

Chao es un tío listo o con suerte, que ofreció lo que demandaba el floreciente mercado de los anti-mercado. Su producto musical viene a ser el relleno de una empanada ideológica. No vende tanto “valores” como la imagen de esos valores. Sus fans sienten por él lo mismo que las de Enrique Iglesias, pero se creen superiores: se creen rebeldes. Rebeldes que extraen las pocas ideas que tienen de los cadáveres de unas ideologías que sustentaron los sistemas de poder más bestiales, los que más privación de libertad, uniformidad y miseria han causado. Aún hay muestras para comprobarlo. En ningún subproducto del marxismo va a encontrar Chao ni la razón ni la solución de la miseria en Suramérica y África, que por lo visto le preocupa. Pero con un padre en Le Monde Diplomatique, tendría que leer clandestinamente a los liberales, que se lo explicarían. ¿Y lee?

Si nuestro nivel intelectual era endeble, los análisis políticos de estos triunfadores y millonarios dan escalofríos. El comunicado de Chao tras la cancelación de sus conciertos decía: “la violencia nunca se invitó, ni verbal, ni físicamente en ninguna de nuestras actuaciones, por la buena razón de que nunca fue invitada”. Pasemos por alto los fallos de redacción, ¿es eso un subterfugio o un efecto de los porros revolucionarios? El cultivo de la puerilidad, norma de esta tribu, queda ridículo a ciertas edades. Pero lo más molesto es la hipocresía, pues es notorio que su posición ante lo que llaman con delectación y embobamiento “lucha armada” es de jugueteo y coqueteo, cuando no de apoyo claro, como el que dan a los zapatistas, otro tinglado de intelectuales metidos a arreglar el mundo con las armas en la mano y mucho marketing.

Si tuvieran más redaños y hubieran revisado sus ideas, reconocerían que han ido de la mano si no del canalla que dispara, sí del infame que justifica y nutre al que dispara. Y entenderían la reacción de los familiares de las víctimas de ETA. Pero para Muguruza se trata de una cuestión táctica. La “lucha armada” no es conveniente ahora, “pero se han conseguido cosas con ella”. Sí, se han conseguido mil muertos y un estado de terror y coacción, todo ello por unas ideas basadas en el más rancio tradicionalismo y en el odio. Como el fascismo. “Nada nos mueve, no hay esperanza, ¡venganza!” era un lema del “rock radical vasco” que podía serlo de un grupo neonazi.

No hace mucho, en Vigo, el ayuntamiento canceló el concierto de un grupo heavy porque la svástica era uno de los símbolos que usaba. Nadie, salvo sus fans, protestó. Lluis Llach ha protestado por la cancelación de los dos conciertos de Chao & Muguruza. Es, dijo, “la represión cultural ejercida por la ultraderecha gobernante que hace servir la Constitución para aniquilar algunos derechos fundamentales de las personas”. Que aniquilen a las personas por las ideas y los mitos que defienden aquellos músicos no le debe parecer tan grave. Degeneración y retroceso. Lástima que sean menos los que, como Mario Onaindía, revisan, regeneran y evolucionan.

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