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De la sonrisa a la mueca

La fortuna sonríe a los audaces, dice el muy citado verso de la 'Eneida'. Pero con 84 escaños en el haber (o en el debe, fue el peor resultado del PSOE), la sonrisa es fugaz. Hoy, una mueca.

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EFE

Desde poco antes de la votación del Congreso para devolver Presupuestos y Gobierno a la casilla de salida, el equipo de Pedro Sánchez, que no es de baloncesto, parecía abonado a la frase que más se grita en las tertulias o así de nuestros platós: "¡No me interrumpas!". Claro. A los Gobiernos, y más a los presidentes, salvo contadas excepciones, lo que les gusta es gobernar sin interrupción, ad infinitum. Aceptan las interrupciones que no tienen más remedio que aceptar, pero las que no son absolutamente obligadas, ésas no las quieren ver ni en pintura. La gracia y la desgracia de este caso están en que el Gobierno de Sánchez nació de una interrupción. Fue el PSOE el que interrumpió primero. No tiene razón alguna para quejarse. Ni para estar lamentándose por ahí como si se le estuviera echando del poder injusta, ilícita y perversamente.

La moción de censura fue mucho más oportunista que oportunidad, y los elementos con los que la armó Sánchez llevaban la obsolescencia programada. Juntos y por separado. Más cuando la sociedad instrumental incluye a los separatistas. El Gobierno les dio bola y relator, y ni con esas. Les daban los Presupuestos más sociales de la historia y los que más iban a favorecer a Cataluña, pero, ¡oh, sorpresa!, no les interesaron. ¿Cómo les iban a interesar? Parece mentira que el PSOE descubra ahora que al separatismo esas cosas le importan un pimiento. Y que le da exactamente igual que en la Moncloa esté alguien del PP o alguien del PSOE. La era del toma y daca con el nacionalismo catalán acabó. Le pusieron punto final entre septiembre y octubre de 2017. Ahora los términos de su regateo son o autodeterminación o autodeterminación. Deliberadamente inasumibles.

Los fans del Gobierno Sánchez, que los hay, señalaron con el dedo a PP y a Ciudadanos por votar en contra de los Presupuestos en compañía de ERC y PdeCAT. Fíjate, tan enemigos y luego votan lo mismo. Pero era lógico el rechazo tanto del partido que fue desplazado del Gobierno por la moción como del partido que apoyaba al Gobierno desplazado. Ninguno de los dos aprobó la interrupción de Sánchez. Lo único ilógico, desde la perspectiva gubernamental, es que los socios que se buscó para echar a Rajoy le hayan dejado colgado. Ha quedado demostrado, por si había alguna duda, que Sánchez no hizo ningún buen negocio al aliarse con ellos. Ni siquiera son de fiar. El PNV tampoco –que se lo digan a Rajoy–, aunque en esta ocasión se haya mantenido fiel. Al cupo.

Con la moción, llegó la emoción. Sólo la izquierda gobierna las emociones y con las emociones. Hubo la emoción de un Gobierno bonito tan rápidamente afeado que, de entrada, tuvieron que dimitir dos o tres ministros. Se quedó una ministra que se tenía que haber ido, aunque su presencia hasta el final ya está justificada: sólo a ella se le podía ocurrir lo de la "derecha trifálica". Hubo emoción social con la subida del salario mínimo. Hubo conmoción con las cesiones relatoras a los separatistas. Por lo demás, ni el propio Gobierno está seguro de que se sepa muy bien cuál es su balance cuando ha distribuido dos documentos para explicar: ¿Qué ha hecho el Gobierno de Pedro Sánchez? y ¿Qué no le han dejado hacer los grupos que han rechazado los Presupuestos? Malos, pero malos. Los grupos. Ni dejan hacer ni hacen. Sólo interrumpen.

La fortuna sonríe a los audaces, dice el muy citado verso de la Eneida. Pero con 84 escaños en el haber (o en el debe, fue el peor resultado del PSOE), la sonrisa es fugaz. Hoy, una mueca.

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