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Cristina Losada

De Peter Pan a Garfio

Hoy la capital alemana es una de las ciudades más pobres de un país pujante. “Pobre, pero sexy”, puntualiza su reelegido y socialdemócrata alcalde. Se disputa con Bremen el título de la Grecia alemana.

Cristina Losada
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Como inspectora de ciudades, llevo treinta años observando a Berlín. Ha sido por azar, pero ha sido. En un principio, fue el encanto de la anomalía y, por qué no, de la Guerra Fría. Allí estaba a flor de piel y era estéticamente irresistible. El aire de ciudad sitiada, las ruinas-testimonio de la otra guerra, la zona muerta del lado oriental del Muro, las estaciones fantasma del metro, el molesto control de los vopos en el subsuelo de Friedrichstrasse y aquel otro mundo al que se emergía en Alexanderplatz, donde penaba por remedar la prosperidad vecina. Era la guerra por la imagen y aun con sus mejores galas, el Este la perdía. Pero en el Oeste convivían otros mundos paralelos, como las damas de antigua elegancia de los cafés del Ku’damm y los jóvenes alternativos que okupaban Kreuzberg y compraban en el mercadillo de los turcos.

Aquellos Berlines se eclipsaron tras la reunificación. Se instaló una efervescencia de modernidad. La ciudad fue remozada y encontró su símbolo en los edificios vanguardistas de la Potsdamer Platz. Ya no parecía ella, sino una capital europea cualquiera. Salvo por el legado del comunismo: una economía en ruinas. Los alemanes pagaron y todavía pagan por ello, de ahí, tal vez, su renuencia a aceptar nuevas cargas. Pero Berlín siguió cambiando. De tal manera que hoy la capital alemana es una de las ciudades más pobres de un país pujante. "Pobre, pero sexy", puntualiza su reelegido y socialdemócrata alcalde. Suprimidas las subvenciones que la nutrían para hacer de ella el atractivo escaparate de Occidente, ahora es la ciudad de los subsidios. Se disputa con Bremen el título de la Grecia alemana. Sí, el otro gran atractivo de Berlín es su transformación en una ciudad barata.

El sentimentalismo socialdemócrata, los restos del naufragio comunista, la simiente alternativa y su brote Verde tienen ya su propio escaparate: una ciudad barata, pobre y progre. Así, se han dado las condiciones para el singular avance, tan mediático, de un partido que enarbola la bandera pirata. Es la adolescencia que llega a cara descubierta y no hay de qué extrañarse. A fin de cuentas, sólo es un paso más. De unos adolescentes vestidos de adultos, a unos adolescentes que no fingen ser otra cosa. Del casi todo al todo gratis. Circunscríbase el fenómeno cuanto se quiera, pero es evolución natural que el Peter Pan de la izquierda mute en Capitán Garfio con acné. Y, si no, al tiempo.

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