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Cristina Losada

De quita y pon

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Aznar, en su último mandato, hizo una política exterior a sabiendas de que le perjudicaba electoralmente; Zapatero, en sus primeros momentos en la Moncloa, hace la política exterior que sabe que le beneficia electoralmente. Pero, si lo que importa no son las intenciones, sino los resultados, ¿cuál de las dos políticas velará mejor por los intereses estratégicos de España? Los analistas que a mí me merecen más crédito, juzgan que la retirada de Irak, y, por tanto, de la coalición que intenta establecer una democracia en ese país e introducir una cuña para la transformación de Oriente Próximo, le saldrá cara a España en términos de peso político, de aliados y de seguridad, asuntos, todos ellos, relacionados entre sí, y conectados con otros, como la economía.
 
Pero, ¿qué ocurriría si la ONU en algún momento resuelve ponerles cascos azules a los ocupantes, y entonces las tropas españolas hacen su rentrée en territorio iraquí? Seguramente, el precio que pagaría España en el zoco internacional sería menor. No es que fuera a salir gratis la espantada de ahora, pero sí más baratita. Imaginemos: los socialistas exprimen el jugo de la retirada de los soldados en el vaso de las europeas del 13 de junio y apuntalan con esa “segunda vuelta” un ascenso al poder algo minado por “agujeros negros” que llevan a universos inquietantes; pasado un tiempo, que es el que va a tardar la ONU en poner el huevo, los soldados retornan a Irak y España vuelve a tocar la flauta en el concierto de las naciones. No la flauta de Hamelin, como ahora mismo, sino, por ejemplo, la travesera.
 
En favor de la probabilidad de este futuro escenario llamo al estrado al diario El País, y en concreto, a su editorial del 20 de abril. “De conseguirse un nuevo y fuerte protagonismo de la ONU, no hay que excluir que España se involucre de nuevo en el futuro de Irak, pero esta vez en labores auténticas de reconstrucción y seguridad”, dice el texto. Desde luego, es admirable cómo una guerra “ilegal, inmoral e ilegítima” puede borrar ese pecado original con absoluciones de los onusinos. Máxime, habiéndole oído a Zapatero que la situación en Irak se deterioraba porque la guerra era ilegal, y lo que mal empieza, peor acaba. Pero la ONU es así, señores. No sólo absuelve, sino que transmuta, como los alquimistas: de una ocupación que encabrita a los iraquíes y no hace nada bueno, sacará una hermosa operación reconstructora. Y si no, al tiempo.
 
Claro que eso no tiene misterio ninguno: la ONU volverá a Irak cuando los americanos y sus aliados hayan hecho el trabajo sucio; es decir, cuando consigan reducir a los grupos y bandas que allí quieren liarla. España, entonces, podrá volver también. En el camino, nos habremos ahorrado disgustos, y sobre todo, se los habrá ahorrado el gobierno. No parece importarle al PSOE que para ello deba utilizar al ejército como una pieza de quita y pon, subordinada no sólo a las órdenes de un gobierno que mira por los intereses de la nación, lo que es legítimo, sino también a los intereses más a corto plazo del partido que lo ocupa. Cierto que ambas cosas pueden solaparse, pero con Aznar no fue así.
 
En suma, como bien han visto desde el exterior, empezando por el Consejo Provisional iraquí, la retirada, perdón, la salida, obedece a “asuntos internos”. Que la milicia de Al Sadr nos haya dado un respiro, y que nos vayamos después de que Ben Laden ofreciera una tregua a los europeos que “dejen de atacar a los musulmanes” no significa que claudiquemos ante el terrorismo. Es pura coincidencia. España, dijo Fernández de la Vega, “no responde nunca a terroristas”. Pedir que se replique a sus ofertas con un tajante “no”, aunque sea para guardar las apariencias, debe de ser una provocación.

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