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Cristina Losada

Deambular por el preámbulo

se trata del sujeto constituyente, sin el que no hay Constitución. ¿Cómo roer ese hueso? No existe ninguna nación de naciones, pero ello no es óbice para inventarla

Cristina Losada
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Los dirigentes del PSOE insisten en que no importa el nombre de la rosa. Javier Rojo es presidente del Senado de la Nación española, pero en sus declaraciones a El Mundo, afirma que el término nación "en sí mismo" no le dice nada. No le parecería mal, pues, que lo usaran algunas, tal vez, todas, las Comunidades Autónomas. Si nada dice. Lo que importa, afirma, es el contenido. Esto viene a ser como aquella bizantina discusión sobre la forma y el fondo en las obras literarias, sólo que no hablamos de ficción, sino de realidades que afectan a los ciudadanos de lo que no dice nada. Los dirigentes socialistas se esfuerzan por que situemos la nación en la ficción.
 
Cela, en el prefacio o preámbulo a una de sus novelas, decía que después de darle muchas vueltas a lo que fuera o no una novela, había llegado a la conclusión de que lo es aquella obra que llevare estampado delante ese término. Cela, que era un maestro del lenguaje, conocía el valor de las palabras. Los socialistas no es que lo desconozcan. Al contrario, por eso se lo quieren quitar. Para que, convertidas en letras de sopa, como en el "poema de luz" esparcido por Madrid, puedan jugar con ellas como mejor les convenga.
 
El Gobierno quiere que el juego se desarrolle sin que parezca que hay algo en juego. De ahí que su aproximación a la reforma constitucional para satisfacer a unos y a otros, a unos más que a otros, tenga visos de paseo por un deambulatorio. Se rodea y se finge que no se toca la esencia. Y para esa operación de indirecto tocamiento, viene al pelo el preámbulo. Claro que, de entrada, hay una Nación española que no se la salta un deconstructivista sin entrenar. Lógico, pues se trata del sujeto constituyente, sin el que no hay Constitución. ¿Cómo roer ese hueso? No existe ninguna nación de naciones, pero ello no es óbice para inventarla. Si una vez reconocidas varias naciones, éstas acuden a las Naciones Unidas y piden la entrada en sociedad, ¿quién podrá negársela? Pero eso no va a ocurrir, pues dice Rojo que "la base de todo es la lealtad". Un pacto entre caballeros será así el pilar de la existencia de la nación-ficción. Adiós al imperio de la ley, que debe asegurarse, dice el Preámbulo, "como expresión de la voluntad popular".
 
Una voluntad a la que se le quiere hurtar su expresión sobre cambios que prometen un viaje de incierto rumbo, con el cuento de que, puramente nominales como son, no merecen la trapisonda del proceso previsto para las reformas importantes. Lo incierto del rumbo no preocupa. El presidente entiende que lo bueno del modelo del 78 era que "los propios constituyentes desconocían cuál sería el resultado exacto al que conduciría" veintiséis años después. Pero lo de la Nación lo tenían más claro que él. De esta nueva aventura constitucional sí puede predecirse, si no el final completo, sí el efecto desconcertante y malquistador.
 
Pero se aplacará el reñidero, dicen, con pequeños retoques. La canción del Gobierno nos susurra que no nos preocupemos, ni nos pongamos alarmistas ni estupendos, que aquí paz y después gloria. El éxito de Rodríguez radica en que ha prometido que no vamos a tener problemas. Lo cumple diciendo que no los tenemos. Evitándose, y evitándonos, enfrentarse a ellos. Ceder y decir que no tiene importancia. Deambular por los preámbulos y los ángulos. El secreto de ZP es que ha dado con el músculo flojo del Zeitgeist: la comodidad. ¿Su canción? "Don’t worry, be happy".

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