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Cristina Losada

¿Deben buscar los socialistas otro nombre?

Es de gran interés, y lo sería para nuestros socialistas si no estuvieran mirando hacia otro lado, seguir la trayectoria del español Manuel Valls.

Cristina Losada
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Es de gran interés, y lo sería para nuestros socialistas si no estuvieran mirando hacia otro lado, seguir la trayectoria del español Manuel Valls.

Es de gran interés, y lo sería para nuestros socialistas si no estuvieran mirando hacia otro lado, seguir la trayectoria del español que tenemos presidiendo el gobierno de Francia, es decir, las ideas del francés Manuel Valls. Ya no me atrevo a llamarle "socialista", aunque obviamente pertenece a ese partido, puesto que propone que su partido cambie de nombre. Lo volvió a plantear hace unas semanas, y si bien lo hizo con menos provocativa claridad que otras veces, levantó la misma resistencia ácida de un sector de los suyos. Es la resistencia de lo que él ha llamado la izquierda passéiste: una izquierda que mira al pasado, nostálgicamente apegada al ayer, acechada por el super-ego marxista.

El filósofo Bernard-Henri Lévy le ha dedicado al asunto un intenso artículo, en el que despliega su brillantez literaria para apoyar el "New Deal ideológico" propuesto por Valls. Y todo cuanto ahí aportaba para respaldar la amputación del nombre socialista tiene sentido. De entrada, que los nombres nunca son sólo los nombres: está lo que habita en el nombre y, en concreto, las batallas libradas en su nombre.

Si consideramos, dice, el resultado de la batalla y se acepta que el socialismo bueno y democrático ganó a su íntimo (y malo) adversario, entonces el nombre ya no dice nada: es pura sigla, un ideograma que opera en el vacío. Si, en cambio, se considera la historia de la batalla, entonces tenemos una palabra que convoca demasiados fantasmas, sobrecargada por una cantidad excesiva de "memoria fósil y detestable". Tenemos, en fin, un nombre que no hay manera de desvincular de un pasado poblado de crímenes.

Cuando uno se fija en los nombres de los partidos europeos homólogos al socialista francés, o al español, de los que hoy son miembros de la Internacional Socialista, ve que en la Europa del norte todos se llaman socialdemócratas. Se diría que en los países que más cerca estuvieron geográficamente del imperio soviético hubo un empeño por tomar distancia, también en el nombre, del socialismo real. Mucho más todavía en los que estuvieron dentro del dominio: en Rusia, por ejemplo, se llama Partido Una Rusia Justa; en Polonia, Alianza de la Izquierda Democrática. No le dan la menor oportunidad a la evocación.

Donde el apego al nombre continúa claramente es en el Sur europeo. Hay una excepción notable, la italiana, pues aunque existe un PSI, el partido de centroizquierda fuerte es el Partido Democrático, resultado de las extraordinarias mutaciones del otrora poderoso PCI (comunista). Por acabar la ronda en España: aquí una propuesta como la de Valls es impensable. Ni siquiera ha estado claro que el PSOE que conocemos fuera o quisiera ser socialdemócrata. Algún dirigente veterano ha contado cómo hace muchos años sus compañeros de filas le criticaron duramente por definirse en público como tal. Socialdemócrata les sonaba derechista; ellos eran "socialistas".

El debate sobre el nombre de los socialistas que suscita Manuel Valls es un debate que obliga a los socialistas no sólo a afrontar los fantasmas del pasado, sino ante todo a esclarecer qué ofrecen en el presente. A juicio de B-H Lévy, amputar ese nombre, "una palabra que la humanidad ha perdido para siempre", sería el modo de "cortar el nudo gordiano que obliga a los suyos [a los socialistas] a escoger entre la demagogia, cuando están en la oposición, y la traición, cuando gobiernan". Valls, al fin y al cabo, no quiere convertir al PSF en una franquicia del centroderecha, sino en la viga maestra de una "casa común" de todas las fuerzas progresistas. Cierto: tanto la casa común como las fuerzas progresistas suenan a rimas del pasado, ese pasado a enterrar. Pero es un precio inevitable: no se puede romper con la tradición sin apelar a ella.

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