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Defensa de las autonomías

Basta imaginar a un Gobierno central omnímodo, a uno del estilo del que ahora disfrutamos, imponiendo al pie de la letra todos sus caprichos hasta en el último rincón del territorio, para apreciar que un grado de autonomía tiene sus ventajas.

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No es el mejor momento para salir en defensa del sistema autonómico, de ahí que resulte el más adecuado. Justo cuando la gresca de la financiación hace aparecer a las comunidades como piratas rivales en salvaje lucha por el botín. Y el reparto dispuesto por el capitán Zeta en oscuras transacciones expide el tufo del privilegio y la injusticia perpetrados a golpe de interés electoral. Las autonomías se retan a duelo y cruzan los sables, mientras el causante de la pelea huye de la escena y deja a un repetidor de consignas la tarea de azuzarla con vertidos demagógicos letales para la convivencia. Con amigos así el Estado de las autonomías no necesita enemigos.

A lo que iba: el régimen autonómico ha perdido defensores y ganado críticos. Razones hay. Las autonomías hechas feudos y taifas donde toda corrupción económica y política puede tener y tiene asiento. El poder incontrolado e incontrolable, las comisiones, las subvenciones, el nepotismo, el despilfarro, el atropello de derechos civiles, el adoctrinamiento, el secesionismo. Lógico que ante ese repulsivo panorama haya quienes interpreten tales abusos como resultado de un error sistémico. Si nos dejáramos de autonomías, dicen, mejor nos iría. Y más barato. Y desaparecería el campamento base del nacionalismo, aquel desde el que desafía y vampiriza al Estado.

Pero conviene echar un vistazo al revés de la trama. Basta imaginar a un Gobierno central omnímodo, a uno del estilo del que ahora disfrutamos, imponiendo al pie de la letra todos sus caprichos hasta en el último rincón del territorio, para apreciar que un grado de autonomía tiene sus ventajas. Unas ventajas que valoraron en su día los liberales clásicos al observar el sistema federal, que no es el nuestro, pero se asemeja. Lord Acton lo consideraba "la más eficaz y la más congénita de todas las regulaciones de la democracia" por su capacidad para limitar y restringir el poder. Y Hayek explicaba cómo "la división de poderes entre distintas autoridades disminuye el poder de quienquiera que lo ejerza".

Esa es la teoría, alegarán los críticos, pero luego viene la práctica. Y en España la práctica se distorsiona, sobre todo, por el juego tramposo del nacionalismo, su sobrerrepresentación en las instituciones y la dependencia resultante. Entre su labor de zapa y la labor de Zeta la descentralización se desprestigia. Pero apuntarán mal los dardos si el rechazo a los excesos de las autonomías se transforma en repudio del sistema de las autonomías. Viene a ser como imputar a la democracia las tropelías de gobiernos democráticamente elegidos. O a la política los desmanes de los políticos.

En España

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