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Cristina Losada

Delincuencia televisiva

Se ha convertido en ortodoxia cultural la quimera progresista según la cual fue la sociedad, y no El Rafita y sus colegas, quien secuestró, violó, torturó y asesinó a Sandra Palo. De ahí que se victimice a los criminales y se criminalice a las víctimas.

Cristina Losada
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Pronto, la administración de Justicia será reemplazada por un sistema más sencillo. El engorroso procedimiento judicial se dilucidará del mismo modo que la elección de candidatos a Eurovisión. En un plató televisivo depondrán, por riguroso turno, los presuntos delincuentes y sus víctimas, y los espectadores pronunciarán sentencia vía sms. Tal es la espantosa visión que he tenido al hilo de la entrevista de Telecinco a uno de los asesinos de Sandra Palo. Presentado en su hogar, pobre y "desestructurado", el criminal explicaba cuán dura es su vida, se declaraba inocente y pedía perdón. Una víctima de las injusticias sociales, que para más se arrepiente. Natural que, conmovido por el testimonio, Pedro Piqueras señalara la falta de generosidad de la otra parte: "pero la madre no parece muy inclinada a perdonar". No hay duda de cuál es el veredicto televisivo.

En tiempos, la canallada periodística consistía en acudir a la casa de la víctima de asesinato y arrancar unas lágrimas de la madre, instante que se aprovechaba para la fotografía. Eso sería hoy juego de niños. La deontología de nuestros días prescribe ir a casa del criminal, ablandarlo con zalemas y algo más consistente, y escuchar con ternura y afecto cuanto quiera comunicar al mundo. Sin forzarlo, que el pobre ya lleva encima lo que lleva. Todo con tal de levantar unos puntos de share. Pero el indecente episodio representa algo más, por sintomático. Se ha convertido en ortodoxia cultural la quimera progresista según la cual fue la sociedad, y no El Rafita y sus colegas, quien secuestró, violó, torturó y asesinó a Sandra Palo. De ahí que se victimice a los criminales y se criminalice a las víctimas.

De aquella subcultura de los sesenta que llegaría a ver en los delincuentes a una disidencia frente un orden social alienante y criminal, él sí, destilan las creencias que se han vuelto dominantes. Hay una fascinación secreta, y no tan secreta, por la violencia criminal y una desorientación moral que impulsa a exculpar y hasta a identificarse con quienes la practican. La elevación de El Rafita al Olimpo televisivo merecería, en países con una sociedad civil, las únicas sanciones que el negocio entiende: la pérdida de publicidad y audiencia. Me temo que no caerá esa breva.

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