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Cristina Losada

Democracia a la visigoda

¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia interna? Hablamos, en realidad, de elegir al déspota: al líder y a la camarilla que regirán el partido y controlarán el aparato con el firme propósito de evitar el surgimiento de desafíos y disidencias.

Cristina Losada
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Con razón se muestra alarmado el presidente autonómico andaluz por el debate sucesorio en su partido. Griñán sucedió a Chaves sin debate de ninguna clase y ahí está, entre los EREs y el no serás, que es el destino que le escriben los sondeos. No quiere decirse que de haber resultado elegido mediante alguno de los procedimientos al uso, fuera a tener mejor pronóstico. Véase el caso de Gómez en Madrid. El feliz ganador de unas primarias no levanta cabeza en las encuestas. La relación entre democracia interna y preferencias del electorado es vidriosa, máxime cuando las primarias se circunscriben a la feligresía con carné. Ahí, la elección dirime disputas entre facciones y familias. Lo propio de un partido, vaya.

En un partido se piensa únicamente en la sucesión desde el instante en que se olfatea un recambio en las alturas. Si, además, huele a derrota, ese pensamiento deviene obsesivo. Puestos a hacer de la necesidad virtud, los socialistas han dado en presumir de democracia interna. Se jactan de tener "cultura de primarias", aunque a algunos les bastaría con disponer de cultura. Comparado con el PP, el historial del PSOE es, en ese aspecto, menos deficiente, pero en absoluto modélico. Una vez, una, eligieron a su secretario general mediante primarias y fue, ay, una estrella fugaz. El elegido por las bases no era el elegido de los dioses y, en consecuencia, se eliminó a Borrell. Y, contra lo que dice la leyenda, Zapatero no salió triunfante de unas bonitas primarias, sino de un pacto, en un congreso, entre el PSC y los de Balbás.

¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia interna? Hablamos, en realidad, de elegir al déspota: al líder y a la camarilla que regirán el partido y controlarán el aparato con el firme propósito de evitar el surgimiento de desafíos y disidencias. Viene a ser como la monarquía electiva de los visigodos. Seguían la costumbre germánica de elegir a los reyes, aunque luego se entregaban al hábito de destronarlos y, así, la mitad de aquellos monarcas murieron asesinados. Algún progreso hemos hecho y, hoy, los partidos no emplean métodos tan cruentos. Ni tan eficaces. Todo está en manos del déspota, incluida la opción de continuar o marcharse. Sin embargo, puesto que democracia interna y partido son elementos incompatibles, el único antídoto es la democracia externa: un sistema político que frene el poder partidario. Lo que falta, más que congresos y primarias, son contrapesos a su voracidad.

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