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Dinamarca, la tierra prometida

Cada vez que un político español proclama que su modelo es Dinamarca y que España debe imitar a Dinamarca, se apodera de mí una desconfianza instintiva.

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Yo estoy muy a favor de aprender de otros, y tanto de sus aciertos como de sus errores, pero cada vez que un político español proclama que su modelo es Dinamarca y que España debe imitar a Dinamarca, se apodera de mí una desconfianza instintiva. No desconfío de Dinamarca, claro, sino del que la mienta como si conociera su modelo como la palma de su mano y, lo que es aún más increíble, como si fuera posible que importando una o dos piezas de ese modelo a España pudiéramos cosechar los beneficios que reporta en su conjunto.

El último político que ha mentado a Dinamarca, y demostró que mi desconfianza está justificada, fue Iglesias Turrión en un programa televisivo que compartió con Albert Rivera. A la pregunta del dirigente de C's sobre qué propone Podemos para acabar con el paro, el de Podemos respondió de esta manera: "Muy sencillo. No parecernos a Bangladés y parecernos más a Dinamarca. Para parecernos a Dinamarca hay que subir los salarios". Para el contexto del diálogo, que empezó en torno a la reforma laboral, remito a esta pieza de Libre Mercado, pero lo más significativo de la respuesta son las dos primeras palabras del eurodiputado: "Muy sencillo".

En ese "muy sencillo" está el quid de la función que cumple Dinamarca en ese tipo de discurso político. Se trata de hacer creer que la solución a los problemas económicos y de empleo que tiene España es sorprendentemente fácil, y es tan fácil porque ya está inventada: sólo es preciso copiar tal o cual rasgo –en este caso, la subida de salarios– de un país de reconocido prestigio, con buena calidad de vida y un Estado del Bienestar sólido.

No hay que buscar muy lejos las razones por las que Podemos presenta Dinamarca como modelo. Pocos se apuntarían hoy a un partido que dibujara en el horizonte los perfiles irreales de una utopía abonada a ideologías desacreditadas como el socialismo o el comunismo, pero ¿quién no se apunta a ser como Dinamarca? Ese sí que semeja un paraíso alcanzable y sensato.

La cuestión, naturalmente, es que ni España se parece a Bangladés como implicaba Iglesias –y si se pareciera aún sería mucho más difícil dar el salto al modelo danés– ni Dinamarca es como es únicamente porque allí los salarios son más altos. De hecho, para parecernos a Dinamarca tendríamos que tener, por ejemplo, impuestos más altos. Y no sólo para los ricos, como diría Podemos, sino también para la clase media. Sin olvidar que los daneses cuentan con uno de los IVA más altos de la UE: un 25 por ciento.

Pero esta es la parte de la historia que no contarán los que tan alegremente proponen "parecernos a Dinamarca". Igual que omiten o ignoran que Dinamarca tiene uno de los mercados laborales más flexibles de Europa y del mundo. En suma, airean los beneficios del modelo danés y evitan cuidadosamente mencionar sus costes. Peor aún, eluden hablar de aquellos rasgos del modelo –como la flexibilidad del mercado laboral– que ellos mismos rechazan airados cuando la discusión versa sobre España. No preguntaré a quién quieren engañar, porque la respuesta es obvia.

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