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Cristina Losada

Discursos para hacer catalejos

Enrollado y llevado al ojo el discurso de la Paz Perpetua, se verían los carteles que otrora empapelaron España con el célebre mensaje: “25 años de paz”. Eran también tiempos de referéndums

Cristina Losada
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Ahora que hemos entrado en Kyoto, es el momento de recuperar a Yoshihito, que pasó brevemente por el trono del Crisantemo. Este hijo del emperador Meiji compareció en cierta ocasión ante el parlamento y, en lugar de leer el discurso que le habían preparado, lo enrolló, y como si fuera un catalejo, se dedicó a observar a través de él a los diputados. Fue aquella la última vez que el que reinaba con el nombre de Taisho, acudió a la Dieta. El hombre era un desequilibrado, pero eso que hizo con el discurso no fue un rasgo de locura, sino de genio, pues, ¿cuántos discursos no se merecen ese destino? Los del socialismo gobernante no podrían tener otro mejor, y ya es ser benévolo; aunque también podrían servir de ejemplos de cómo la corrupción de la forma delata o provoca la del fondo, y viceversa.
 
Con los discursos del presidente Rodríguez puede irse haciendo un archivo de catalejos, todo lo descentralizado que se quiera, para uso y disfrute de las generaciones futuras. Ésas que el Protocolo de Kyoto dice que quiere salvar, cuando el propio protocolo, en lo que no es ineficaz, puede convertirse en parte de la amenaza. El cambio climático no constituye el principal problema del medio ambiente, pero la profecía apocalíptica tiene el éxito asegurado, como prueba la experiencia. Y si incide en ese vicio favorito del hombre moderno, el sentimiento de culpa, sobre todo, si es culpa colectiva, que permite sepultar cómodamente la responsabilidad individual, entonces, el cuento arrasa. El informe científico es el catalejo con el que Narbona mira hacia el respetable y calcula si le habrá metido suficiente miedo en el cuerpo como para que luego acepte con resignación los costes de la bromita. A la que nos apuntó el PP, otro aficionado al ecologismo de ocasión.
 
Enrollado y llevado al ojo el discurso de la Paz Perpetua, se verían los carteles que otrora empapelaron España con el célebre mensaje: “25 años de paz”. Eran también tiempos de referéndums. Desde entonces, no ha habido aquí otro gobernante más empeñado en hacer de la paz su lema publicitario. No conviene jugar con las palabras. Hirohito, el sucesor de Taisho, inauguró la era de la Paz Luminosa y pasó lo que pasó. Ahora, Rodríguez quiere hacernos creer que la paz europea se adquiere con la aprobación de un Tratado, aunque el mundo haya visto mil veces cómo se hacen añicos ese tipo de papeles. Mientras, cabe la duda de si, en cambio, está dispuesto a pagar algo por lo que llaman, tal que si hubiera allí una guerra entre dos bandos, la paz en el País Vasco. Dice que no, pero hay malos precedentes: retribuyó de facto a los del 11-M sacando a las tropas de Irak.
 
Ya que entramos en Kyoto, donde se encuentra el jardín zen por excelencia, hay que decirlo: el único elemento común entre Rodríguez y esa filosofía es, si acaso, el vacío. Y el único satori, o iluminación, que ha recibido se lo propinaron las urnas. Debe de ser por eso que se ha entregado a la orgía del descubrimiento personal. Ha descubierto que las Constituciones entroncan con los derechos del hombre y del ciudadano, ha descubierto el Derecho, la democracia y la ciudadanía. Oyendo sus discursos, uno descubre el desierto de lo obvio. Por ello, no merecen otro destino que el que inventó Yoshihito aquel día.

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