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Cristina Losada

Disolución imaginativa

La radicalidad retórica del socialismo gobernante, el populismo que practica, elitista o plebeyo, a golpe de ocasión, es síntoma del vacío ideológico y político de una izquierda que se quedó hace tiempo sin modelo y sin alternativa.

Cristina Losada
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Revel lo llama “populismo elitista”. Populismo por el método y elitismo por el público al que se dirige el mensaje, que cree formar parte de la elite ilustrada. Es, por ejemplo, que un ministro anuncie que el presidente Rodríguez está meditando “soluciones imaginativas” para el hundimiento del Carmelo. Luego resulta que la solución ideada es la de siempre: darles dinero, y bien poco,  por cierto, a los afectados. Nada que supere a lo del Jacobeo laico que el mismo Rodríguez proponía organizar cuando el Prestige.  Esta vez,  la imaginación llegó hasta ahí, o sea, a ninguna parte,  pero la presentación  rodeaba  lo pedestre de una aureola en la que resonaban los ecos de   la vieja consigna del sesenta y ocho. Ecos que deben resultarle gratos a un público que guarda del 68 sólo el mito que se sirve envuelto en celofán.     
 
El PSOE de Guerra y González hacía populismo puro y duro cuando decía aquello de tó pá el pueblo. El  de Rodríguez, Blanco y Maragall lo hizo cuando estaba en la oposición, pero ahora que desde el gobierno no puede nacionalizar Rumasas ni subir los impuestos con descaro para quitarles a los ricos y darles a los pobres, como dicen ellos, aunque el efecto real sea el contrario,  tratan de vender la moto de que  la imaginación ha llegado al poder. Pese a que, de nuevo, la realidad se encargue de desmentir su retórica. Pero aquí, lo que importa es la retórica.
 
Esto lo sabe el publicitario que le hizo la campaña a ZP, que dice, él, un señor que no padece estrecheces, que todo el mundo, en el fondo, es bueno, o sea, socialista y que sólo se es de derechas por interés económico. Conseguido el bienestar, puede uno darse el lujo del socialismo. Cuánto va a durar la prosperidad con Rodríguez y Cía. al mando del tinglado, no debe preocupar al público. Y las encuestas, en parte, le dan la razón. Pues si bien se avizora una mala situación económica, en cambio, hay optimismo respecto a la política. Una esquizofrenia anclada, tal vez, en el optimismo antropológico que profesa el presidente. Un señor al que dicen que no le importa el dinero, y que sin embargo, gestiona el nuestro. Qué peligro, diría alguien sensato. Pero la prosperidad, cuando se ha asentado, suele darse por sentada.
 
El socialismo gobernante no ha renunciado a los dividendos del populismo corriente. Un especialista en tal arte es Blanco, ése que estuvo en ciertos locales nocturnos, él aún los llama pubs, donde al pedir una copa, los jóvenes, otra denominación pretérita, daban vivas a ZP. El mismo que contó  una extraña historia, digna de unas crónicas rosas o marcianas, sobre cómo ya antes del 11-M los socialistas tenían las elecciones en el papo. Lo sabían por alguien que era nieto de una hermana de la madre del suegro de un presidente extranjero que hacía las encuestas y era algo de una dirigente del PP.
 
Según Revel, cuando una ideología está en trance de desaparecer se vuelve más virulenta. La radicalidad retórica del socialismo gobernante, el populismo que practica, elitista o plebeyo, a golpe de ocasión,  es síntoma del vacío ideológico y político de una izquierda que se quedó hace tiempo sin modelo y sin alternativa. Ya escriben de ZP que es un político postideológico. De donde no hay no se puede sacar, se dice. Pero la necesidad aguza. A falta de soluciones, se ha impuesto la disolución.  Imaginativa.

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