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Así que puede razonarse que tras tanta zarabanda y trapatiesta y tanta polarización, se ha generado inhibición. Una retirada de la esfera política, para regresar cada uno a la suya

Cristina Losada
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No tengo yo la facultad de leer las mentes ajenas de que dispone Moratinos, que conocía el íntimo pensamiento de los abstencionistas del otro día, y por esa carencia, entre otras, no llegaré nunca tan alto como el jovial diplomático. Sin embargo, puedo leer los resultados de las dieciocho consultas electorales de carácter general que ha habido en España desde 1976 y puedo, tras esa lectura, formular la hipótesis de que al famoso efecto ZP hay que agregarle el efecto 11-M para explicar la crecida de la abstención y otros fenómenos que se desplazan, no tan visibles, por el éter político.
 
No hace falta que me convenzan de que la abstención no es tan mala como la pintan. Es rasgo normal y hasta indicio de normalidad en las democracias. Salvo en períodos excepcionales, suele ser en las dictaduras que utilizan el sufragio como máscara y botafumeiro, donde más vota la gente, y lo hace por miedo a que su abstención se interprete como una falta de apoyo al régimen. Y quienes más causa hacen de la participación exhaustiva de los ciudadanos en la vida política suelen tener la pretensión de que la esfera política domine y engulla todas las demás, empezando por la libertad del individuo, es decir, la libertad.
 
¿Acaso nos hemos vuelto una democracia tan consolidada que más gente pasa de votar, o son otros los factores que ahora inhiben a los votantes? Pues resulta que el comportamiento electoral en España no nos situaba, hasta el 30-J y el 20-F, en ese promedio europeo de pasotismo que citaban los colegas de Moratinos. Aquí se ha votado, y mucho, seguramente por el espectro de la dictadura. Si vamos a lo europeo, en ninguna de las cuatro elecciones europeas anteriores a la última se registró tal apatía. Si a los referendos, en ninguno de los tres precedentes hubo tal ataque de pereza dominical. Curiosidad: sólo en el de la OTAN se contaron más votos en blanco que ahora.
 
Hay elementos peculiares a este referéndum, hecho sin debate, sin tiempo, y con una publicidad que tomaba por tontos a los votantes. Pero hay una nota común al 30-J y el 20-F: ambas elecciones tuvieron lugar tras el 11-M. Que fue un atentado terrorista preelectoral, dirigido a condicionar a los votantes. Que fue manipulado, sea cual sea la versión que uno haya interiorizado. Y que cerró, con un paroxismo de terror y horror, dos años de intensa politización, agitación y propaganda.
 
Así que puede razonarse que tras tanta zarabanda y trapatiesta y tanta polarización, se ha generado inhibición. Una retirada de la esfera política, para regresar cada uno a la suya. Un clima de rechazo hacia la política en quienes no forman parte de la minoría politizada. Y eso, cuando hasta los politizados de la izquierda, motores del auto de fe contra la derecha, digieren la victoria con una buena siesta. Es posible, en fin, que las aguas turbias del 11-M hayan desembocado en un nuevo y discreto desencanto. Y es posible que al efecto ZP, que asegura que nos librará de cualquier problema, se haya sumado el efecto 11-M para crear una “escalada de indiferencia”, la que en otros tiempos, y otros lugares, permitió la consolidación de regímenes liberticidas.

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