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Cristina Losada

El amigo de Bush... y de Clinton

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Un distinguido profesor español, Vicente Navarro, ha escrito un artículo denunciando el recibimiento que se le dio a Aznar en los Estados Unidos, y tras su lectura he decidido salir en defensa, no de Aznar, con el que tengo poco en común salvo la fecha de cumpleaños (qué se le va a hacer), que por cierto está al caer (idem), y que además se defiende bien solito, sino de los millones de votantes del PP (entre los que no estuve). Pues de la lectura del panfleto del profesor se deduce que estos, es decir, la mayoría de los españoles, o son tontos o son fachas. Y no es justo que la izquierda norteamericana, público al que se dirigía el artículo, esté tan mal informada sobre nuestra condición política e intelectual.
 
Mediante una selección de fragmentos más o menos verdaderos –algunos falsos– de nuestra historia, de la trayectoria de Aznar, y de la actualidad, el señor Navarro ofrece la imagen de un país gobernado por un hatajo de fascistas, que están orgullosos de su pasado de tales, criminalizan a las víctimas de la dictadura y acaban de imponer (sic) las clases de religión en la enseñanza. Fachas y clericales redomados, como cuadra al cliché simplón de toda la vida, gobiernan España, pues, y lo hacen, como sabemos, con la aquiescencia de un electorado. Un electorado que ya les ha dado la victoria dos veces –a Fraga, supuesto negador del Holocausto según Navarro, cuatro– y que parece empeñado en revalidarlos por tercera vez. Lo dicho: o idiotas o nos va la marcha.
 
Navarro no dice muchas cosas, viejo truco. Y la verdad, o lo más parecido a eso que alcanzamos los mortales,  padece tanto cuando se escamotea parte de ella, como cuando se miente. No dice, por ejemplo, que antes de los fachas gobernaron durante trece años los socialistas, y que no se preocuparon gran cosa de las víctimas de la dictadura ni de los desaparecidos de la guerra, sin que tales olvidos le importaran a nadie: sólo desde que el PP ocupa el poder les presta ruidosa atención cierta izquierda a las víctimas y a los cadáveres del pasado.
 
Tampoco dice el profesor que mientras Aznar era miembro del “partido fascista”, la mayor parte de los antifranquistas activos militábamos en partidos comunistas, casi todos los cuales justificaban los crímenes cometidos por los regímenes de su cuerda, que se cuentan por millones. Ni dice que en el Congreso salido de las primeras elecciones, junto a los fachas reconvertidos, se sentaron diputados de izquierda responsables de la ejecución extralegal de miles de personas durante la guerra civil, algunas por el delito de estar en un colegio de curas, otras por no plegarse a las órdenes de Moscú. Y que unos y otros pactaron las bases de una convivencia asentada sobre la devolución del pasado al pasado, en lugar del vómito continuo del pasado sobre el presente que estimulan los aprendices de toxicología política.
 
Navarro calla que, junto al joven Aznar, hubo en las filas del “partido fascista” gentes que hoy son figuras del parnaso izquierdista,  que pasaron de la camisa azul juvenil a la bandera rojirrosa de conveniencia (sobre todo, porque empezó a dar pasta el negocio). Y que lo mismo hicieron miles de personas que engrosaron las filas del llamado progresismo, que, menos coherentes que Aznar, abrazaron valores y convicciones opuestas a las originales suyas. Ni dice, en fin, que parte de esos mutantes se volvió, a toro pasado, furibundamente antifranquista, mientras que gentes que habían sido de izquierdas cuando aquellos no se metían en política, votan al PP para evitar males mayores.
 
España ya no sirve para un remake del guión de buenos y malos escrito cuando la guerra civil. Convendría que la izquierda americana se enterara, y no creyera a quienes cuentan que la mitad del país es facha y la otra mitad tiene miedo a hablar del pasado (como decía el New York Times hace año y pico). Ah, y Aznar no sólo es amigo de Bush. Se llevó tan bien con Clinton que cuando el ex presidente americano se descuelga por aquí, toman café juntos. Aunque no me extrañaría, dada la alegría con que algunos lefties reparten etiquetas de fascista, que también a Clinton le pongan cara al sol.
           
           
 

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