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Cristina Losada

El cansancio del adversario

El colmo sería que, cuando el asalto final está al caer, se les diera la espalda a quienes allí todavía resisten, al grito de ¡que se independicen de una vez y nos dejen en paz!

Cristina Losada
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Los nacionalistas han colocado diversos telones para remodelar tras ellos la realidad a su gusto, como se hizo materialmente en la obra del metro de Barcelona para levantar un muro y proceder a su derribo oficial. Una actuación que recuerda a la cómica decisión de la República que cuenta Camba, cuando erigieron tapias para separar los cementerios religiosos de los civiles a fin de echarlas abajo y ejecutar la laicísima orden de no hacer distingos entre los muertos. Las fachadas Potemkin de los nacionalistas han tenido, sin embargo, poco de cómicas y mucho de mala intención, aunque peores han sido sus efectos, pues consiguen embaucar. En esos trampantojos Madrid ha sido siempre la bicha, la fuente de todos los males que los propios nacionalistas provocaban, a pesar de que ellos –que no sus súbditos– tienen buenas razones para dar gracias y vivas al centro de poder nacional. Madrid no ha sido su azote, sino su favorecedor. Al menos, a lo largo y ancho de las casi tres décadas de democracia.

Los nacionalistas han acudido al rompeolas de las Españas al modo de los piratas que se disfrazan de respetables señores para mejor dar el golpe. Y lo daban. Salían y salen, que no hay más que ver los Presupuestos, con los bolsillos llenos de plata, amén de privilegios y transferencias. En la Villa y Corte, además, se los elogiaba. Pujol, por ejemplo, no tenía el Estado en la cabeza, porque de eso ya se encargaba Fraga, pero a cambio se le adscribía "sentido de Estado". Lo del PNV ha ido por etapas. Y cuando llegaron a Madrid los nuevos de ERC causaron sensación. Vaya, no mordían y hasta les gustaba el chocolate con churros. Al de las patillas se le trató de diputado revelación y fue elegido el parlamentario más atractivo. Y no me digan que el sexo no tiene nada que ver con la política. Otros y otras nacionalistas han merecido igualmente la atención gozosa del respetable, ávido de novedad, espectáculo y fieras mansas. Junto a algo más significativo: en Madrid y por ósmosis en el resto de España, se llega a identificar a Cataluña, al País Vasco y, en menor grado, a Galicia, con los nacionalistas. La hiperlegitimidad, vicio de origen, quedaba sancionada.

Mientras ellos insuflaban el odio a España, machacaban a los disidentes e implantaban la discriminación y la coacción lingüística con el visto bueno de los dos partidos nacionales, en Madrid se seguía hablando de los nacionalistas moderados y se confiaba en templar a los que no lo eran tanto a base de coche oficial y "hablando se entiende la gente". Eso, salvo por cuatro voces que clamaban en el desierto. Y que clamaban desde el inicio de este proceso, que no lo ha puesto en marcha Zapatero, aunque sólo él es responsable de su aceleración extrema. Si ahora se ha producido un salto cualitativo, si arde la hoguera visiblemente, si se batasuniza y balcaniza por doquier es porque existía una acumulación previa. La cual se llevó a cabo mientras Madrid, centro político y de opinión, celebraba los disfraces y se despreocupaba, y los gobiernos echaban más madera en la caldera. Zetapé termina de desmantelar el tren, como los Hermanos Marx en el Oeste.

Los problemas de los padres para educar a sus hijos en español, las penas y los éxodos de profesores y funcionarios, el control de los medios de comunicación y otras fealdades, han saltado ahora a la escena nacional en toda su crudeza, pero después de que los nacionalistas tuvieran años para moldear detrás del telón a la gente. Hay responsabilidades compartidas entre unas sociedades que resistieron poco y quienes se desentendieron de su suerte. Y el colmo sería que, cuando el asalto final está al caer, se les diera la espalda a quienes allí todavía resisten, al grito de ¡que se independicen de una vez y nos dejen en paz! El deseo de los nacionalistas se habría cumplido: ganar la partida primero por dejación y, luego, por cansancio del adversario.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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