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Cristina Losada

El chucuchú de la lengua

De regreso a la tierra natal, sus hijos ingresaron en un colegio público. Pero su condición de emigrantes retornados no cumplía todos los requisitos para que se los tratara con respeto en el centro. Los niños hablaban español.

Cristina Losada
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En más de veinte años de profesión, jamás había visto a un inspector. Hasta que acabó este curso. Entonces, apareció en el centro uno. La llegada del mensajero del organismo correspondiente dejó de sorprenderle en cuanto supo del objetivo de su misión. No iba a interesarse por la calidad de la enseñanza. Sólo quería saber en qué idioma se impartían las clases. Aquel enviado, como todos los demás que recorrieron Galicia este fin de curso, se personaba para dejar constancia de que Gran Hermano ha abierto su ojo vigilante, ése que tenía entrecerrado. La mano sancionadora está presta. Ay de quienes osen burlar el culto prescrito al tótem de la tribu. Ya están avisados.

Durante varios años vivió en el extranjero. De regreso a la tierra natal, sus hijos ingresaron en un colegio público. Pero su condición de emigrantes retornados no cumplía todos los requisitos para que se los tratara con respeto en el centro. Los niños hablaban español. Al poco, un grupo de alumnos los tildó de "españolistas de mierda". Eran de poca edad. Algún adulto los había aleccionado. Los sucesivos gobiernos autónomos se han ufanado de su interés por el emigrante, de su deseo de acogerlo de nuevo en el seno materno. Ah, pero la lengua y sus fanáticos pueden ensombrecer el regreso con pequeños dramas familiares como éste. Quienes los padecen no se sienten en casa.

Una entidad financiera organiza desde hace varios años el "tren da lingua". Los niños suben a un tren para hacer un viaje corto a fin de que, en teoría, aprendan a amar el gallego. Unos payasos amenizan la excursión. Pero tienen otro cometido, ajeno a la diversión circense: no permitir que los niños hablen en español. Ante la imposibilidad de utilizar su lengua materna, algunos pequeños se amedrentan y permanecen callados durante el viaje. Los niños son el barro para la construcción nacional. El idioma es la viga maestra de aquella. Los carpinteros nacionalistas instilan en los niños el sentimiento de culpa por no hablar una lengua que presentan como oprimida y en peligro de extinción, como los animalitos que tanto quiere la infancia.

Veintitantos años de "normalización lingüística" no han servido para nada. Así lo exponen, uno tras otro, los informes. El gallego languidece pese a las inyecciones económicas sufragadas con dinero público y las normas legislativas. Pero los ingenieros sociales, los amasadores de almas, no pueden aceptar que el error radique en los fines perseguidos ni en los medios utilizados. Para ellos, la solución es de orden cuantitativo. Su receta se limita a un ingrediente: más imposición. Es decir, más compulsión, más represión.

Ninguna de estas y otras historias que vienen sucediendo en Galicia sale a la luz. Aquel al que le toca vivirlas se convierte en un ciudadano sin voz. Cómo enfrentarse al Leviatán autonómico. Cómo saltar sobre los muros de silencio. Los medios de comunicación rinden culto a la sacralización del idioma, aunque no lo utilicen, salvo en las fiestas de guardar. Ojo a la subvención. Los sentimientos de afecto hacia el gallego han sido manipulados, instrumentalizados políticamente. Pero, ¿quién quiere que le pongan en la picota por despreciar "lo nuestro"? Y así, el tren de la lengua avanza hacia su meta, hacia esa estación término que llaman nación. Antes marchaba a modiño; pronto, a toda máquina. Unos saben adónde se dirigen, y otros, siervos del qué dirán, echan más madera.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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