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Cristina Losada

El club de los asesinos

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El profesor Juan Carlos Monedero, responsable de la página noalaguerra.org, en la que se publicaron las fotos de todos los diputados del PP bajo el epígrafe “Asesinos”, ha escrito una carta, que circula por la Red, que es un autorretrato en miniatura de la más rancia izquierda ibérica. Por lo visto, para él, llamar asesinos a los de la derecha es algo tan natural que resulta inexplicable que se lo tomen a mal y acudan a los tribunales. Y como se han dicho tantas cosas de ese estilo –dicho y hecho, ahí están los asaltos y agresiones– sin que ocurriera nada, se comprende que la querella presentada por el PP contra Monedero por un posible delito de injurias y calumnias, haya caído en sus aguas políticas como un meteorito.

Al profesor, que milita en Izquierda Unida, el barullo que se ha montado por la página que financió le parece una “esperpéntica historia” y el posible hecho delictivo, ridículo. Lo trata de pasada e irónicamente de “imperdonable delito” y en una entrevista radiofónica lamentó verse en un brete por algo “con tan poca entidad como lo que hay detrás de esta queja, que les hemos llamado cómplices de asesinato, por Dios”. ¿Será que en la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, donde enseña, se ha convertido en insulto común y hasta cariñoso lo de cómplice de asesinato? No me extrañaría en la que fue mi facultad, pero no lo sé.

Lo que sé es que a los partidos de izquierda les ha faltado tiempo y les han sobrado ganas de relanzar la vieja consigna y lo han hecho con una agresividad sin precedentes en la democracia. ¿Qué tiene esa consigna, además de valor propagandístico e intimidatorio, para que les guste tanto y la empleen con tanta satisfacción? Pues en España tiene un valor añadido: permite unificar tiempos e identidades. Funciona como una contraseña que hace presente un pasado mítico, es una fórmula ritual para evocarlo. De entrada, nos retrotrae a los últimos años del franquismo, cuando la consigna se prodigaba y los asesinos eran una tropa enorme: el gobierno y la policía, los militares y los jueces, los gobernadores y hasta los profesores. Y es justamente a ese pasado, deudor a su vez del de la guerra civil y otros anteriores, adonde nos quieren llevar las gentes de la izquierda troglodita y Monedero, quien escribe: “estamos volviendo a actitudes claramente predemocráticas (término amable)”. Es decir, estamos antes de la Transición, sin libertades y con todos los asesinos sueltos.

Lo que nos dicen, a través de esa palabra puente, es que los asesinos son los mismos: los “asesinos” de Couso son los asesinos de García Lorca y son los asesinos de Grimau, Ruano, Baena, Puig Antich, los obreros de Vitoria, etc., etc. Se establece así una continuidad en el asesinato por parte de la derecha española que tendría su causa original en una especie de incapacidad genética suya para la democracia: mata porque no sabe arreglar los conflictos democráticamente, como otras derechas civilizadas. Y si no mata, desconfía siempre de la democracia y trata siempre de cargársela. Para esa izquierda, no renovada sino revenida, la condición natural del de derechas es la del criminal y el asesino. Siendo así, es lógico que crean que no deben defenderse como cualquier injuriado: llamarlos asesinos no es acusación sino constatación.

En la ficción que se ha fabricado la izquierda española, ella es la única demócrata de toda la vida y la derecha, una asesina potencial. Ficción que descansa en la mentira sobre la historia y sobre su propia historia, sus propias raíces doctrinales y su propio santoral. Gracias a ese engaño pueden repetir mantras como éste que escribe Monedero: “A las ciudadanas y ciudadanos que llevamos mucho tiempo comprometidos con la democracia, este PP no puede darnos lecciones de democracia”. ¿A qué le llamará compromiso con la democracia quien tiene por modelo al régimen cubano?

Ni Lenin ni Stalin ni Mao ni Ceaucescu ni Pol Pot, por citar sólo a algunos de los benefactores de la Humanidad que figuran en la nómina de la izquierda, pueden dar lecciones de democracia. Lo que sí enseñaron algunos es a defender la democracia con la palabra y a aplastarla con los actos, o sea, a engañar. Y lo que han enseñado todos con rigor espeluznante es a exterminar. De tal modo, que acumulan méritos de sobra para formar parte de cualquier club de los asesinos que se montara sin la discriminación por ideología que imponen los de la cuerda de Monedero. Un club en el que se dieran la mano (otra vez) Hitler y Stalin, o Pinochet y Castro, y Goebbels y Münzenberg intercambiaran trucos publicitarios.

Santiago Carrillo, más al tanto de los entresijos de ese nutrido club, predicó en su día la reconciliación nacional y evitó llamar asesinos a quienes sabía que podían devolverle la pelota. Hoy, sus sucesores han desenterrado el hacha y quieren llevarnos al 77 cuando no al 36. El peligro toma cuerpo cuando en esa aventura cavernícola los acompañan los socialistas. Mientras la izquierda siga viendo asesinos e hijos de puta (en la original expresión de Maruja Torres) en sus adversarios políticos, no habrá aquí esa democracia “civilizada” que tanto dicen desear.

Volviendo a la carta, hay otra interpretación posible. En la izquierda se han acostumbrado tanto al asesinato a lo largo de la historia, han tenido que justificarlo tantas veces –el asesinato necesario–, que se asombran de que alguien se tome esa acusación como una calumnia intolerable. El acto y su nombre han perdido para ellos su real y crudo significado.


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