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Cristina Losada

El enigma y un Pulitzer

El desaire cría resentimiento en almas sensibles, máxime si están convencidas de que les dan sopas con honda a quienes no les prestan atención

Cristina Losada
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Es un misterio, sí, lo de muchos corresponsales españoles en USA. Juan Carlos Girauta ofrecía aquí el otro día una solución al enigma: ciertas crónicas son una broma y algún periódico nos está gastando una inocentada. Otra posibilidad es que no estén allí. La prensa, las teles y demás hacen creer que tienen corresponsales en aquel país, pero en realidad se encuentran en otro. Los mandaron a América y desembarcaron en un parque monotemático. O, lo que les saldría más barato a las empresas, siguen en España y las retransmisiones en directo tienen lugar ante decorados.
 
De confirmarse estas hipótesis se explicaría por qué las crónicas de tantos enviados unas veces pintan un país tercermundista, con sinfín de parados, hambrientos y enfermos desatendidos, y otras, una Oceanía orwelliana, que ora amasa un poder que puede destruir el mundo, ora pierde pie ante el abismo. En ese destino final suele tener el corresponsal común una fe de carbonero. Al contrario que la caída de la URSS, que casi nadie previó, y menos en la prensa, el derrumbe de EEUU, si alguna vez ocurre, no será una sorpresa. Pocos acontecimientos habrá tan anunciados.
 
Otro barrunto apunta a que el enviado en USA se sienta desairado por pintar allí muy poco; por que siendo como es personaje de categoría, apenas resalte entre el inmenso batallón, y tenga que medirse con la prensa más poderosa del mundo o casi. El desaire cría resentimiento en almas sensibles, máxime si están convencidas de que les dan sopas con honda a quienes no les prestan atención. Y en punto a desaires, nosotros sí tenemos derecho a desairar a los americanos, por ejemplo, no levantándonos cuando pasa un cortejo que representa a las víctimas del 11-S o echándolo finalmente del desfile, pero ellos a nosotros, no.
 
Los que construyen crónica a crónica un Imperio del Mal al otro lado del Atlántico, me recuerdan a Walter Duranty, que trabajó en dirección opuesta y complementaria. Fue Duranty un famoso corresponsal del New York Times en Moscú cuando el estado soviético ya daba muestras sobradas de su naturaleza totalitaria y exterminadora.
 
Como muchos intelectuales y artistas occidentales de entonces, posteriores y aún actuales –que hace tres días ponían a Stalin en el bando de los combatientes por la libertad– simpatizaba con el régimen bolchevique. Era lo que llamarían ahora un periodista "comprometido". Tanto, que según Robert Conquest, fue el gran cooperador occidental con las falsificaciones soviéticas. Ocultó los asesinatos, los campos de concentración, los desplazamientos de población, la aniquilación de los campesinos y otras pústulas que afeaban a "la patria del proletariado". Hizo de ella un Imperio del Bien, y no le fue mal: le dieron el Premio Pulitzer.
 
Qué diferencia entre estos "compromisos" y el de George Orwell, que concluía su "Homenaje a Cataluña", donde narra su experiencia en la guerra civil española, con una advertencia: Cuidado con mi partidismo, con mis errores y con la distorsión que inevitablemente introduce haber visto sólo una parcela de los acontecimientos.

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