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Cristina Losada

El español cuando vota

Si los encuestados no mienten, los datos que viene arrojando ese sondeo desde hace diez años son letales. No reflejan una saludable desconfianza en la política, sino otra cosa: que el elector no desea enterarse de lo que hacen aquellos a quienes vota.

Cristina Losada
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Nadie tiene en las encuestas la fe del carbonero. Nadie, salvo, al parecer, nuestro heterodoso Pepiño Blanco, quien dicen que tiene el don –alguno había de tener– de saberse de memoria los resultados de todos los sondeos preelectorales. Ocupada su cabeza en retener tal cantidad de datos efímeros, se entiende que no haga sitio para conocimientos más duraderos. Pero cada cual es libre de rellenar su cerebro como le plazca. Por mi parte, las dudas que me suscitan las encuestas políticas en España no nacen de las manipulaciones posibles ni de una desconfianza en la competencia profesional de sus autores. Surgen de la propia materia prima con que se hacen. Es decir, creo en las encuestas y no en los encuestados. Y ello porque creo, siguiendo a Quevedo, que la mentira es abrigada: eso tiene de sastre la mentira / que viste al que la dice; y aún si aspira / a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Según un reciente sondeo del CSIC, el 75 por ciento de los españoles muestra poco o ningún interés en la información política y la mitad se queja de que las noticias políticas tienen demasiada presencia en los medios. ¡Albricias! Acabamos de enterarnos de que existe información política abundante. Será porque le llaman así a cualquier cosa. No hay más que pasearse por los mega telediarios para ver que sólo ofrecen mendrugos de información, tan escasos como burocratizados, sesgo aparte. Pero la sorpresa es aún mayor si comparamos ese declarado desinterés por la política con las cifras de votantes. Pues a excepción de los estatutos zapaterinos, que se abstuvieron de votar los habitantes de "naciones" y "realidades nacionales" varias, aquí se va a las urnas en masa. Siendo así, la conclusión es clara: la mayoría prefiere votar tan desprovista de información como de ropa las chicas de Interviú.

Si los encuestados no mienten, los datos que viene arrojando ese sondeo desde hace diez años son letales. No reflejan una saludable desconfianza en la política, sino otra cosa: que el elector no desea enterarse de lo que hacen aquellos a quienes vota. O sea, que renuncia a ejercer un control racional sobre los políticos que elige. De pronto, se ilumina el escenario del pasado. Hete ahí, en esa vocación por votar desinformados, la actitud que explica que millones de personas continuaran apoyando, pese a la corrupción y el crimen, a los gobiernos de Felipe González. Y, por lo mismo, se oscurece el futuro. Indicios sobrados hay de una obstinada resistencia a saber después del famoso "queremos saber". Suele argüirse, con razón, que a nadie gustan los pronósticos de desastres, aunque hay que ver con qué facilidad prende aquí la creencia en el Apocalipsis del cambio climático. Pero la crisis inminente y el abismo a pocos metros despiden un tufo mucho más desagradable: el que obliga a mojarse. Y hasta a cambiar el voto, cosa desusada en esta partitocracia.

Al final, va a resultar que aquel dicho de la época franquista sigue explicando muchas cosas. Aquel "no te metas en política" de los abuelos y los padres. Aquel encogerse de hombros y de espíritu, pasar de líos y someterse. Viene a ser el gemelo de ése "no pasa nada" que desde hace tres años dice media España. La indiferencia también es abrigada.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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