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Cristina Losada

El fanatismo, según Manuel Rivas

No hay ahí ni un adarme de fanatismo si aplicamos la teoría política alumbrada por el escritor Manuel Rivas. El único fundamentalismo existente reside, para el insigne autor, en quienes proponen cierta libertad de elección en la enseñanza.

Cristina Losada
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Hace una semana, el profesor Miguel Cancio vio boicoteada una de sus clases en la Facultad de Económicas compostelana por un grupo de reventadores que se hicieron acompañar por dos inocentes aves de corral. Cancio permite libertad lingüística en sus clases y en tiempos del franquismo defendió como pocos el uso del gallego, pero todo ello representa lo que saca de quicio a los manipuladores de gallinas. Sin embargo, no vaya nadie a pensar que esos sujetos que irrumpen en un aula con la intención de amedrentar al discrepante son un ejemplo de fanatismo.

Un día antes, en la misma ciudad, durante una manifestación a favor de erradicar el español, los comercios rotulados en ese idioma fueron atacados con pintura y la presidenta de Galicia Bilingüe, amenazada de muerte en el zafio estilo terrorista. Pero tampoco los autores de esas tropelías son fanáticos ni integristas. Como no lo son los que agredieron a pacíficos manifestantes en febrero tras acosar de continuo a la citada asociación y a otras de similares fines. Ni los que intentaron agredir a María San Gil y gritaron que ojalá la matara ETA. Ni los que tapian despachos y persiguen a profesores por impartir sus clases en la lengua común.

No hay ahí ni un adarme de fanatismo si aplicamos la teoría política alumbrada por el escritor Manuel Rivas. El único fundamentalismo existente reside, para el insigne autor, en quienes proponen cierta libertad de elección de la lengua vehicular de la enseñanza. Quienes aceptan los dos idiomas y se comportan como demócratas son fanáticos, mientras que los que rechazan el español y se conducen como fanáticos no lo son. He ahí la nueva paradoja de Rivas. Casi tan deslumbrante como aquella tesis suya que atribuyó una oleada de incendios a una conspiración de agentes del PP resentidos. Resultó que eran los pirómanos habituales, pero el escritor comprometido nunca deja que la realidad le estropee un buen prejuicio, de modo que no se retractó.

Todo ello explica que el literato jamás condene la violencia que ejercen los partidarios de imponer una lengua y desterrar la otra. Tal simpatía siente por su causa que ha incitado a emplear todos los medios para impedir que reine en los colegios algo parecido a la libre elección de idioma. Claro que tan rígidas restricciones las reserva Rivas para los demás. El escritor no renuncia a la libertad de publicar sus obras en español, pero predica que han de sacrificar su libertad los (restantes) ciudadanos de Galicia. Y el que se resista es un perturbado, como el disidente bajo el stalinismo.

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