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Cristina Losada

El féretro flotante de Mangouras

Diez años después, el rastro de aquella marea negra ha desaparecido, pero el vertido de falsedades y tonterías permanece.

Cristina Losada
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Diez años después, el rastro de aquella marea negra ha desaparecido, pero el vertido de falsedades y tonterías permanece.

El capitán Mangouras, que mandaba el Prestige cuando el accidente, ha declarado en el juicio que las autoridades españoles les llevaron, a él y a sus tripulantes, "en un féretro flotante y a ahogarnos". Esta declaración suya ha encontrado gran acogida en la prensa que más desinformó sobre el suceso. Yo entiendo, hasta cierto punto, que un acusado presente su caso ante el tribunal a la luz más favorable a su interés. Que intente aparecer como una víctima de decisiones erróneas que otros tomaron. Pero esa declaración es tan radicalmente incierta, y tan injusta, que nadie un poco al corriente de los hechos, y ése, se supone, es el cometido de la prensa, la puede recoger como si fuera la pura y nuda verdad. No sin contrastarla.

Cuando Mangouras se dirigía, según sus palabras, en un ataúd flotante a ahogarse en el océano, el petrolero ya estaba bajo el control de la empresa Smit Salvage, contratada por el armador para tratar de salvar el buque y la carga. Los técnicos se comprometieron a mantener el buque alejado de la costa, a 120 millas náuticas. Tal distancia se acordó por si era necesario realizar el salvamento de las personas que estuvieran a bordo. Así se garantizaba que los helicópteros pudieran rescatarlas. Eso fue, además, lo que ocurrió. El 15 de noviembre, cuatro días antes de que el Prestige se partiera en dos, el capitán solicitó la evacuación. Enseguida se envió un helicóptero que le trasladó a tierra, junto a todos los que estaban en el barco.

Se han celebrado, de igual modo, otras afirmaciones del marino griego en el sentido de que el fuel se pudo trasvasar a otro barco o llevarlo a un puerto de aguas abrigadas. Estas opciones tuvieron el favor de incontables artículos, tertulias y discusiones de sobremesa. Había, no obstante, ciertos problemas, tal vez menores a ojos de aquellos expertos. El temporal hacía imposible, o muy peligroso, un trasvase in situ. En cuanto al refugio, se consideraron las rías de Corcubión y Ares, y los puertos de La Coruña y Ferrol. Todas fueron desaconsejadas por lo arriesgado de la travesía, por falta de calado o porque no había capacidad de maniobra.

¿Y si el petrolero se partía dentro de una ría o de un puerto? El alejamiento no fue la mejor alternativa: fue la menos mala. Pero aquí todo el mundo era capitán y sabía cómo manejar, en pleno temporal, un petrolero de ochenta y pico mil toneladas, lleno de fuel, con un agujero en el costado. Diez años después, el rastro de aquella marea negra ha desaparecido, pero el vertido de falsedades y tonterías permanece. 

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