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Cristina Losada

El fósil de la revolución

Me pregunto si esta oleada de embelesamiento post mortem con Fidel Castro obedece a una atracción fatal por quien ejerce de manera absoluta e implacable el poder.

Cristina Losada
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Me pregunto si esta oleada de embelesamiento post mortem con Fidel Castro obedece a una atracción fatal por quien ejerce de manera absoluta e implacable el poder.
Fidel Castro, con Nicoás Maduro | EFE

Muere Castro y todo lo que se ve de él son retratos juveniles. Los informativos de la TV, que no sé por qué los seguimos llamando así, proyectan las noticias del acontecimiento sobre el perfil a contraluz de un hombre joven, uniforme de faena, gorra y puro. La prensa remueve su archivo fotográfico para lo mismo: ahí están él y los revolucionarios, los barbudos, de hace cincuenta años. No hace falta pensarlo, va de soi. La mitificación es imposible con la imagen de la decrepitud. Menos aún si se trata de un revolucionario, como dicen después de decir que "para unos es un héroe y para otros un dictador", bendito Poncio Pilatos. No hay ningún glamour en un viejo enfermo con chándal. Y como la Revolución es mito bien querido, necesita glamour y se le presta.

Quienquiera que haya visto, pongamos en los últimos diez años, alguna retransmisión televisiva de la dictadura cubana, lo habrá comprobado. Todo, desde el aspecto de los dirigentes hasta la retórica que gastaban, era justo lo contrario de ese juvenil y viril cuadro de revolucionarios en sus días de gloria que ha resucitado al morir el mesías vesánico. Sus eslóganes antiimperialistas millones de veces repetidos, su mecánica jerga de marxismo bastardo, no hacían más que acentuar el ridículo de unas escenas que podrían haber pertenecido a una serie cómica. Podrían, salvo porque aquellos carcamales llenos de ínfulas y fanfarronería no eran personajes de una comedia bufa, sino los amos de un país y sus habitantes, dueños absolutos, únicamente eficientes en la represión: eso lo aprendieron bien de sus maestros soviéticos.

Me pregunto si esta oleada de embelesamiento post mortem con Fidel Castro obedece a una atracción fatal por quien ejerce de manera absoluta e implacable el poder. Furet decía que la revolución resulta tan fascinante porque es la afirmación de la voluntad en la historia. Y ¿qué mayor afirmación de la voluntad que la que se condensa en un solo hombre? Un hombre solo hizo lo que le dio la gana con Cuba. Por esa monstruosidad, la admiración. Una admiración un tanto inconveniente cuando estaba vivo, pero a la que se puede dar rienda suelta ahora que ha muerto, so capa de su histórica significación.

Cuanto más veía estos días el carrusel castrista que por acción o por omisión se ha ofrecido (en Galicia se añadían los lazos de sangre), más razón encontraba en la intuición genial de Revel del conocimiento inútil. No importa el conocimiento de la magnitud del desastre de Cuba, de la miseria (de la mayoría, que no de los cuadros del partido), de la falta de libertad, de la persecución, de la crueldad. La realidad se deja en la sombra para que luzca el espectáculo del mito. Y para hacerle embobada reverencia al referente, al icono, a la figura de calado histórico, que ya no sabían qué decir para no decirle dictador.

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