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Cristina Losada

El lobby internacional del separatismo

La cuestión de la trama exterior del separatismo vuelve a la mesa de la actualidad a causa de esa otra mesa que Sánchez ha concedido para el monólogo.

Cristina Losada
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Quienes no se hubieran dado cuenta antes, tuvieron que caerse del guindo en vísperas 1 de octubre de 2017. Si, por las razones que fueran, no habían captado las señales previas de que el separatismo catalán había logrado situar sus objetivos políticos en la privilegiada categoría de los asuntos noticiables a nivel internacional, tuvieron que despertar de la inconsciencia con la llegada masiva de medios de comunicación extranjeros para cubrir lo que no era más que una consulta ilegal en una región española. En cierto modo, llegados a este punto, la gran atención mediática internacional hacia el 1-O ya fue procesada como si fuera natural, como si fuera la que merecían la importancia o la gravedad de lo que se proponía hacer aquel día el gobierno autonómico catalán. Pero sería de una gran ingenuidad creer que esa atención, tan codiciada y disputada, se dispensa sólo en función de nociones objetivas sobre la trascendencia noticiosa de unos hechos. En muchos casos, y en éste sin duda, ese tipo de influencia, como casi todas, se trabaja.

El periodista barcelonés Juan Pablo Cardenal, bregado en la información internacional -diez años ha estado en Asia, en especial en China, como corresponsal- acaba de poner en las librerías una investigación sobre las redes de influencia que extendió el separatismo catalán por un número notable de países (La telaraña: La trama exterior del procés, Ariel). El autor sitúa los primeros hilos en aquel Programa 2000 de Pujol, que en general anunciaba la voluntad política de tejer la telaraña -siempre para capturar- en todos los ámbitos de la sociedad y las instituciones de Cataluña. Pero la plasmación abierta, sin tapujos, de la estrategia de captura llega al área internacional cuando se activa el "procés", en 2012, con la creación de Diplocat, que se agrega a las delegaciones de la Generalidad catalana en el exterior para dedicarse en cuerpo y alma a ganar amigos para el separatismo -y enemigos para España- en los circuitos políticos, académicos y mediáticos. Un cuerpo y alma que se sostienen, por supuesto, con dinero, con mucho dinero público

Cardenal explora la telaraña y su financiación, así como a los ejecutores de la estrategia. Es interesante saber que esos ejecutores no tenían en absoluto la cualificación de personal diplomático, pese al pomposo nombre de Diplocat, sino que solían ser gente junior, con buena presencia, idiomas y relaciones públicas. También periodistas o ex periodistas. Su éxito fue parcial, desde luego, pero muy notable. En países como Suiza, por ejemplo, lograron su objetivo en los tres sectores a los que se dirigía la captura de voluntades. Resulta especialmente pasmoso, al menos si uno tiene una visión idealizada del mundo académico, que lograran penetrar tanto instituciones universitarias del prestigio de Science Po, en París, Stanford o la LSE, entre otras. Cardenal señala que muchos de los académicos captados para la causa apenas sabían nada de España ni de Cataluña, pero la ignorancia selectiva es probablemente precondición. Tampoco nada de esto resulta demasiado extraño si se piensa en la obra pionera de estas operaciones de propaganda, que fue la gran red de intelectuales simpatizantes del comunismo soviético que tejió -con mucho más talento, hay que decir- el alemán Willi Münzenberg en los años 20 y 30 del siglo pasado.

Frente a la telaraña separatista, ¿qué hizo el Gobierno de España, a la sazón del Partido Popular? El autor, basándose en entrevistas, nos dice que el Gobierno de Rajoy estaba orgulloso de su labor silenciosa en las cancillerías para contrarrestar a los agentes separatistas que buscaban apoyo internacional a una declaración de independencia. Pero estaba tan contento de esto como de no entrar en la "batalla del relato": en la pesada, pero indispensable batalla por hacer llegar a la opinión pública de otros países la información necesaria para contrastar las falsedades que difundían el separatismo y sus grupos de amigos. Y es que hacerlo les parecía, o algo así le transmitieron desde el Gobierno a algún corresponsal el 1-O, que era entrar a la provocación. Tanto se ausentó entonces el Ejecutivo de Rajoy, que españoles comunes y corrientes, gentes, en fin, de la sociedad civil, pasaron de forma espontánea a la acción informativa para suplir aquella falta. Lo que tenía el Gobierno, en realidad, era una secretaría de Estado de Incomunicación.

La cuestión de la trama exterior del separatismo vuelve a la mesa candente de la actualidad a causa de esa otra mesa que Sánchez ha concedido para el monólogo. Porque los del inhabilitado pero aún presidente Torra exigen un mediador internacional, cómo no van a exigir. Y esto pone de relieve, más allá de la guerrita entre un separatismo y otro, la importancia que sigue y seguirá teniendo el eco internacional para su proyecto de ruptura. No vale la pena siquiera planteárselo al Gobierno, a fin de cuentas coaligado con una facción separatista, pero los partidos de oposición tienen que leerse La telaraña, para saber cómo es y obrar en consecuencia. Por una vez.

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