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Cristina Losada

El machismo de Cañete y los papúes y zulúes

Hay un hábito, en la izquierda ante todo, aunque no en exclusiva, de conferir más relevancia a una declaración que a un hecho.

Cristina Losada
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Hay un hábito, en la izquierda ante todo, aunque no en exclusiva, de conferir más relevancia a una declaración que a un hecho.

Para algunos partidos, el gran enemigo a batir en las elecciones del domingo se llama abstención. Ninguna novedad en las europeas, ciertamente. En 2009 la participación fue del 43%. En España estuvo casi dos puntos por encima del promedio. Así las cosas, ¿qué incitará al votante remolón a acudir finalmente a las urnas? ¿Los grandes desafíos que afronta la UE para resolver la crisis y mantener el euro?

En España es notorio que el grave asunto europeo que ha de sacar al votante socialista del sofá donde pensaba pasar el día de autos es el machismo de Cañete. Así lo creen en el PSOE y no vamos a negar a los partidos veteranos un cierto conocimiento de qué es lo que excita y mueve a sus votantes. No decía en broma que lo de Cañete fuera un grave asunto europeo. El PSOE se ha ocupado de que lo sea o lo parezca, y nadie en el socialismo europeo le hace ascos a una buena pifia de un conservador. A fin de cuentas, el objetivo básico de las campañas electorales es demostrar que el sujeto de enfrente, el adversario, es un montón de basura.

Ya metidos en los dimes y diretes, se observará que el número dos de la candidatura socialista apreciaba, a bote pronto, mayor gravedad en lo que dijo Cañete que en el hecho de que el presidente del Partido Socialista de Euskadi le pegara a su mujer y fuera condenado por ello hace años. Esto tiene más miga que el puro aprovechamiento electoral: es probable que a Jáuregui y a otros les parezca realmente más excusable el "incidente" de Eguiguren que las palabras del candidato del PP. Hay un hábito, en la izquierda ante todo, aunque no en exclusiva, de conferir más relevancia a una declaración que a un hecho. Tan desconcertante operación cognitiva remite al fenómeno conocido como corrección política.

La corrección política es una presión institucionalizada para ajustarse a ciertas pautas de conducta y de expresión pública. Es un empeño por purificar la mente de erróneos modos de pensar, que se manifiestan en el lenguaje. No en balde apuntó Valenciano, tras aceptar las disculpas de Cañete, que "el problema es lo que piensa". Da igual que a Cañete no se le conozca ningún acto machista en su vida: sus palabras revelaron que lleva el machismo dentro. Eguiguren perpetró en su día un acto machista, pero no se le conoce ninguna declaración que demuestre que lo es, por lo que su partido puede mantenerle sin problemas, como pudo apoyarle cuando sucedió el "incidente".

Décadas después de que esta forma de intolerancia llamada corrección política naciera en los campus norteamericanos de las cenizas rebeldes de los 60, estamos en Europa, tantas veces, en la situación que describió así Saul Bellow: "No podemos abrir la boca sin que nos acusen de racistas, misóginos, supremacistas, imperialistas o fascistas". Al escritor norteamericano le cayeron encima los guardianes de la ortodoxia en 1994. Por decir que papúes y zulúes no habían dado un Shakespeare.

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