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Cristina Losada

El pinganillo de Caín

Hay que reproducir la escenografía de una sesión de la ONU para que parezca que aquí, como allí, pertenecemos a distintas naciones.

Cristina Losada
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Solemos dar por sentado que el progreso avanza de modo lineal, pero los retrocesos nos acechan. A través de los siglos, los habitantes de lo que ahora es España superaron los inconvenientes de la diversidad de lenguas adoptando una de ellas como lingua franca. Fue un gran paso adelante. Para la convivencia, la movilidad y el comercio, por citar algunas de las ventajas de disponer de un idioma común. Idéntico proceso tuvo lugar en otros países. Aún estamos en ello a otra escala. Hoy, la lingua franca global es el inglés. Los seres humanos no siempre son estúpidos. La política, sin embargo, es otra cosa.

El Senado español está decidido a que se empleen allí cinco lenguas. Por supuesto, el español pierde, así, la condición de lengua común. De eso se trata. De poner de manifiesto que el español no es de todos y que un idioma común no constituye una riqueza, sino una vergüenza. Si se llega al absurdo de hablar en distintas lenguas cuando todos los reunidos comparten una, es porque se quiere subrayar que no la comparten. Estamos ante una impostura, pues la comparten. Pero la impostura se propone hacer realidad una ficción. La relegación y la condena de la lengua común significa relegar y condenar todo lo demás que compartimos: España, en una palabra.

Ese retroceso a la situación tribal se puede realizar, paradójicamente, gracias al progreso tecnológico. En tiempos de los várdulos –supuestos ancestros de una senadora que votó a favor del proyecto en su nombre–, no había pinganillos. Tampoco Gobiernos dispuestos a reclutar intérpretes y traductores para personas que hablan la misma lengua. En realidad, la propuesta coherente, el plurilingüismo auténtico, sería que los senadores aprendieran todos los idiomas que van a utilizarse en la Cámara. Pero pinganillos e intérpretes son esenciales. Sin ellos no se visualizaría que los españoles no nos entendemos y somos forasteros en nuestra propia casa. Hay que reproducir la escenografía de una sesión de la ONU para que parezca que aquí, como allí, pertenecemos a distintas naciones.

Simbólico que el nuevo paso atrás –paso adelante del nacionalismo– lo protagonizara, cual si presentara un festival de Eurovisión, un rostro de la izquierda infantilizada.

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